Un recuerdo del mes de marzo

El giro inesperado de la Covid-19

Tras cinco años estudiando antropología en Barcelona, tuve la oportunidad de poder venir a Colombia con IAP, para conocer, aprender y entender sobre las diferentes historias y formas de vida de personas que han dedicado su vida a la defensa de los derechos humanos. En los años de vida académica leí mucho sobre el exotismo de las diferentes culturas y sociedades, lugares que jamás pensé que tendría la oportunidad de conocer tan de cerca. Tras casi un año con IAP, puedo asegurar que ha sido una de las mejores decisiones de mi vida, que me han hecho dejar de lado los libros y comprender y vivir la realidad, que para mi bien o para mal nunca dejará de ser desde una óptica antropológica. Y es que, como bien dijo Ruth Benedict: “El propósito de la antropología es hacer del mundo un lugar seguro para las diferencias humanas”.

Ahora comprendo el entusiasmo y la motivación de mis compañeras en esta forma de vida que es IAP, y creo que sabría decir cuál fue ese “acompañamiento que te marca”, del que muchas hablaban al comienzo. Para mí fue hace cuatro meses, cuando acompañamos a Edilberto Daza de la Fundación DHOC a los Pozos (Caquetá). Allí seguimos de cerca los asentamientos de alrededor de 3.000 campesinos y campesinas que habían sido protagonistas del desplazamiento forzado de las áreas protegidas de Parques Nacionales Naturales (PNN).

 

 

El 4 de marzo llegamos a San Vicente del Caguán, tras un largo viaje desde Barrancabermeja. Ya allí, las pintadas nos dejaron entrever que los pozos de petróleo son un asunto pendiente en la región. De ahí fuimos a Los Pozos, donde dormiríamos el resto del acompañamiento y donde desde hacía más de 15 días se movilizaban los y las habitantes de los PNN Tinigua y Picachos que, tras una arremetida militar en el Tapir semanas antes, buscaban una solución para este largo conflicto socioecológico. Allí, estuvimos compartiendo con los habitantes del Tapir, que nos contaron las historias del territorio y nos explicaron cómo era vivir en y con la Amazonia, rodeados de selva o la llamada manigua, cascadas y animales salvajes. También nos hablaron sobre la Operación Artemisa [1], que buscaba cuidar la biodiversidad, pero que acabó expulsando a la fuerza al campesinado que allí vivía y donde ahora hay grandes multinacionales. Bajo unas políticas de desarrollo que se han olvidado completamente de quienes viven en el territorio, y, por lo tanto, de los “beneficiarios del proyecto” [2].

Entre el 7 y el 8 de marzo, en San Juan de Lozada, organizaciones sociales, indígenas y campesinas se reunieron para buscar una solución para conseguir poder vivir dignamente en el territorio y convocar la mesa de diálogo en San Juan de Lozada, donde estaban los asentamientos y el conflicto, y no en la Macarena. Fueron días completos de reuniones y reuniones, donde comprendimos de verdad lo que es la participación comunitaria. Desde que amanecía hasta que se escondía el sol se juntaban a debatir en asamblea, porque los y las campesinas esperaban en San Juan de Lozada una respuesta del Gobierno; si no ellas mismas serían las que darían la respuesta.

 

 

Finalmente, el 9 de marzo, ya bien entrada la tarde, algunas instituciones llegaron y se planteó una nueva mesa para otra fecha. En un año marcado de movilizaciones cómo lo fue 2019, para este 2020 se preveían grandes manifestaciones. El conflicto socioeconómico de parques era una de las razones para salir a las calles, como dijeron en una de esas reuniones: “Planteamos construir un evento nacional para tratar un tema regional”. Campesinas e indígenas exigían en estas movilizaciones el respeto como sujetas de derechos en esos territorios, siempre marcados por la violencia. Pero en el mes de marzo llegó la Covid-19 a Colombia y los diálogos, que miles de campesinas e indígenas esperaban, quedaron paralizados.

Tras bajar de la avioneta y montarnos en un taxi de Villavicencio, comenzamos a escuchar los primeros rumores sobre la Covid-19: un infectado en Villavicencio, algunos casos en Bogotá, miles de casos en Europa… Al llegar a Bogotá el rumor se hacía mayor y en Barrancabermeja se convirtió en realidad. Tres meses después, la pandemia mundial nos ha dejado en confinamiento y, quizá sin saberlo, este haya sido nuestro último acompañamiento. A pesar de esto, lo que aprendí de ese acompañamiento es que la resiliencia de estos campesinos y campesinas es más fuerte que cualquier ley, y que el llamado “desarrollo” muchas veces deja entrever las vulneraciones a los derechos humanos de las propias poblaciones que viven allí, ya que no se le da prioridad a la gente del territorio [3]. En este caso, campesinas e indígenas que luchan por sus derechos, por una vida digna y por la tierra. Como decía Margaret Mead: “Nunca dudes de que un pequeño grupo de ciudadanos reflexivos y comprometidos pueda cambiar el mundo. De hecho, es lo único que alguna vez lo ha cambiado”.

 

 

 

1. La Operación Artemisa sucede en 2019 y tiene como objetivo detener la deforestación de los PNN, para conseguir una política integral y sostenible de preservación de la biodiversidad.

2. Beneficiarios del proyecto: término utilizado por Cernea, Michael M, en El conocimiento de las Ciencias Sociales y las políticas y los proyectos de desarrollo. Poner primero a la gente. Fondo de Cultura Económica. México [1985] (1996), pp. 26-66.

3. KOTTAK, Conrad P., Cuando no se da prioridad a la gente. Algunas lecciones sociológicas de proyectos terminados. IN: Michael M. CERNEA (Ed.), Poner primero a la gente. Fondo de Cultura Económica. México [1985] (1996), pp. 493-530.


Compartir: