Quince viajes a la Colombia rural

Un año aprendiendo mucho más que acompañamiento internacional

Quince acompañamientos. Quince mochilas. Quince lavadoras. Quince (mil) picaduras de mosquito. Quince (millones) de platos de arroz… Quince experiencias que han hecho de este año un apasionado y desafiante camino de crecimiento.

El año empezó con un acompañamiento que estoy segura nos ha marcado a todas y cada una de las compañeras que hemos formado parte del equipo durante este año. El Refugio Humanitario de Saphadana una comunidad que fue desplazada debido a la falta de mediación del Estado en un conflicto territorial entre la comunidad campesina y la indígena. Fueron más de tres semanas junto con una compañera que muy pronto se convirtió en amiga, compartiendo baños en el río Caño Tomás, dormidas bajo las tormentas catatumberas y algún que otro incidente con cerdos y culebras. Con tinto en mano, compartí muchos momentos con campesinas y campesinos que poco a poco me contaban vivencias que me erizaban la piel acerca de la arremetida paramilitar de finales de los años 90 en el Catatumbo. Sin embargo, todas ellas terminaban con aprendizajes de resiliencia y espíritu de lucha. Esta primera experiencia fue la puerta de entrada a una Colombia totalmente desconocida que me llevó a plantearme que implicaba realmente ser acompañante internacional o que privilegios tenía por ser gringa (entre muchas, muchas, muchas otras cosas).

De la misma manera he pasado largas temporadas en los lindísimos Llanos de Colombia, junto con la Fundación por los Derechos Humanos en el Centro y Oriente de Colombia (DHOC). Entre joropo y joropo, tuve la oportunidad de aprender sobre procesos de búsqueda de personas desaparecidas o dadas por desaparecidas, el fortalecimiento de comités locales de derechos humanos, o qué retos está afrontando la sustitución de cultivos de uso ilícito en la región. Pude compartir muchos momentos con Edilberto Daza, amigo y compañero de IAP quien después de su estancia en Catalunya sigue trabajando, y no sin muchas dificultades, en su labor como defensor de derechos humanos. Le estoy muy agradecida por su gran acogida y cariño esta vez en sus queridísimas tierras llaneras.

Gracias a la Asociación Nacional de Zonas de Reserva Campesina (ANZORC) también conocí el Sur de Córdoba, una región geográficamente muy distinta a las que había estado pero donde la brutalidad del conflicto armado y el abandono se hacían presentes una vez más. Tal y como me contaba Carlos, “la región del Sur de Córdoba ha sido muy golpeada por el conflicto. Aquí había de todo: guerrillas, paramilitares, cárteles… Con el proceso de paz hemos disfrutado de cuatro o cinco años de tranquilidad, pero ahora están entrando nuevos actores en la región”. La organización de base que preparó la asamblea de ANZORC tuvo también su asamblea ordinaria, juntando a más de cuatrocientos campesinos. Una muestra clara de la capacidad organizativa y voluntad de cambio que tiene esa región tan diversa, donde conviven campesinas, indígenas y afrodescendientes.

He aprendido infinitas cosas en esta experiencia, tanto en lo personal como en lo profesional. Pero de las cosas que considero más valiosas es haber aprendido a vivir, trabajar y pensar en colectivo. En terreno las campesinas y campesinos muy frecuentemente nos identifican por el chaleco, por lo que es común escuchar comentarios como “¡qué alegría encontrarnos!, nos conocimos en el Putumayo!”, o “¿se acuerda de la asamblea en Chaparral?”. Yo nunca he estado en esos lugares, sino otras compañeras o compañeros que se calzaron las pantaneras con la misma energía y filosofía que yo. Que te confundan continuamente con otras compañeras al principio me podía incomodar, pero al final es una alegría y satisfacción saber que ha habido tantos iaperas e iaperos (y todas las que vendrán) que han aportado tantas experiencias en una misma dirección.

Gracias al equipo de IAP, al equipazo barranqueño, a las organizaciones sociales con sus líderes y lideresas y a todas aquellas personas que he encontrado en el camino. Gracias también a mi familia por su paciencia, compresión y cariño.

Yo regreso a casa, pero la lucha colectiva sigue desde cualquier parte del mundo. A día de hoy van casi 400 líderes y lideresas asesinadas desde la firma de los acuerdos de paz de la Habana, 6 sólo en la primera semana de 2019. El trabajo de IAP por la defensa de los Derechos Humanos continúa, adaptándose al nuevo y desalentador escenario que no nos desmoraliza, sino que nos motiva a reinventarnos y seguir trabajando para que la tan ansiada paz de Colombia no siga costando la vida.

IAP en el Festival por la Cultura Campesina del Magdalena Medio


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