De izquierda a derecha, Guillem, Natalia y Gerard

Primeros pasos en Colombia, con vistas a un año de acompañamiento

Guillem Rodríguez y Gerard Paituví se unieron en noviembre al grupo de acompañantes de IAP Colombia

En nuestro primer día juntos en Colombia logramos hacer los trámites burocráticos – solicitud de la cédula de extranjería y registro en el Consulado General del Estado español – en apenas dos o tres horas, lo que nos permitió disfrutar de un rato de tiempo libre esa mañana para pasear un poco el centro de Bogotá. En concreto por la plaza de los periodistas y el Chorro de Quevedo (otrora plaza central de la ciudad en tiempos de dominación colonial). Almorzamos cerca, en un local visitado habitualmente por las organizaciones y asociaciones campesinas y de derechos humanos del país.

Tras 9 horas de viaje en autobús (más cómodo y espacioso que muchos aviones económicos que recorren Europa) llegamos a la que se está convirtiendo en nuestra ciudad. Llegamos a la casa que será, y de hecho ya lo es, nuestro hogar por al menos un año, y rápidamente comencé a entender todos los comentarios de los bogotanos sobre esta ciudad. Eran las 2 de la madrugada y se podía sentir la humedad de un mediodía veraniego en Barcelona, y el calor que hacía a esas horas ya consiguió que mi camiseta se pegara a mi cuerpo, como una segunda piel, debido al sudor. En esos primeros días, también pude observar otras diferencias de Barranca respecto de la capital: una ciudad más pequeña, menos caótica y menos alienada por las rutinas y cotidianidades necesarias para alcanzar el lugar de trabajo o de estudios. Apenas se distinguen barranqueñas durante la mayor parte del día, y es que desde las 11 horas hasta las 16 o 17 horas se refugian del abrasador calor que el sol irradia, incluso en los días nubosos. Así es como los ventiladores se han convertido en nuestros grandes escuderos, situados estratégicamente por todas las estancias de la casa, y sin los que sería prácticamente imposible dormir. Con todo, asombra ver cómo las barranqueñas igualmente visten pantalón largo e, incluso en ocasiones, también una chaqueta o buzo (sudadera o jersey).

Por otro lado, paseando por el barrio y la ciudad uno se siente más observado, probablemente debido a nuestro hablado y la forma de vestir distinta de la local, entre otros posibles motivos, de igual manera que ocurre en las zonas más comerciales o de ocio de la ciudad, en el que puedes alcanzar a sentirte incluso controlado.

Nuestra primera entrada fue una experiencia inolvidable, además de por el hecho de ser nuestro primer acompañamiento, tuvimos la oportunidad de acceder a uno de los territorios más castigados del país, tanto históricamente como en la actualidad. Y ello, de la mano de una organización campesina con una amplia trayectoria y reconocimiento a escala nacional e internacional como es ASCAMCAT. Acompañamos durante tres días a dos líderes sociales con una capacidad dialéctica y de liderazgo comunitario como la de muchos políticos “profesionales”, demostrando que frecuentemente la voluntad de trabajar desinteresadamente – en el sentido económico – por la comunidad de la región es mucho más importante que los conocimientos académicos o teóricos sin su correspondiente traslación al campo de los hechos.

Durante este primer acompañamiento, visitamos la región del Alto Catatumbo, una zona donde los paisajes te dejan embobado. Para moverse de un municipio a otro hay que hacer largos recorridos por trochas que pasan por las montañas, lo cual nos ofreció unas vistas espectaculares donde todo a nuestro alrededor era puro verde. En contraste con la majestuosidad de la naturaleza allá presente, las trochas distan mucho de ser perfectas e incluso nuestro carro se quedó atrancado en el barro. El estado de las trochas y las condiciones de las veredas nos sorprendieron. Demuestran de manera evidente la gran brecha que hay entre el campo y la ciudad en Colombia, y es que en estas regiones algunas comunidades no tienen garantizado acceso continuo/fiable a agua y electricidad.

Nos vino a la memoria los primeros días en Bogotá. La capital se presenta como una ciudad moderna y bulliciosa. Mucha gente de allí ni siquiera sabe lo que está ocurriendo en el Catatumbo y mucho menos son conscientes de las condiciones de vida de su gente. Esto no es más que otra prueba de la desconexión que hay entre las dos Colombias, y es que el Estado ha dado la espalda a las regiones campesinas, intensificando aun más una brecha ya de por sí grande.

Ahora que ya llevamos unos cuantos acompañamientos a nuestras espaldas, uno ya está más acostumbrado a las dinámicas del país, donde todo sucede muy rápido y siempre hay que estar listo para salir. Personalmente creo que estar acompañando a las organizaciones también ayuda mucho a entender su trabajo y ver como hacen su lucha. Aun así, estar allí con ellos hace pensar, ¿en qué momento nuestra presencia ya no va a ser necesaria como herramienta de autoprotección y nuestro «privilegio» en calidad de internacionales ya no será necesario?. Es decir, el momento en qué se respete la vida de todos y todas por igual. 


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