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El campesinado en pie de lucha

Soberanía territorial y alimentaria frente a neoliberalismo y abandono estatal

Antes de pisar territorio colombiano no me había parado a pensar con suficiente detenimiento que tipo de sujetos identificaba como campesinos y campesinas. En una Europa cada vez más urbanizada y dada a las lógicas neoliberales, que devora ferozmente sin remordimientos cualquier pizca de soberanía y resistencia, el movimiento campesino latinoamericano se mostraba como una referencia que debía conocer. Cuando se habla de campesinos, inevitablemente una lo asocia con los saberes campesinos; con el conocimiento tradicional; con aquellas prácticas que se han ido transmitiendo de una generación a otra, interaccionando y, por lo tanto, coevolucionando con el territorio y basando sus dinámicas productivas en una interdependencia que blinda la sostenibilidad de comunidades y naturaleza.

Pero ¿qué pasa con esas prácticas y donde queda el campesinado en un contexto tan violento como un conflicto armado que se lleva perpetuando durante más de 50 años?

Cuando llegué a Colombia antes de entrar en región1, me imaginaba un campesinado trabajando en resistencia para seguir desarrollando prácticas ancestrales locales que podían ser una referencia para refrescar la memoria sobre la importancia del respeto hacia el territorio, una relación ya en vías de extinción en occidente. Pero, al adentrarme en las profundidades del mundo rural recibí un golpe de realidad cruda y dura, que chocó con las expectativas que traía de una burbuja creada en base a teorías que romantizan ciertas prácticas y que, en mi caso, no se ajustaban a contextos extremadamente violentos. Para situarme debí entender que el campesinado colombiano que he tenido la suerte de conocer y acompañar es la gente que habita en región, un hecho tan evidente y normalizado como identificar a los habitantes del mundo rural como campesinos. Pero, tan complejo como comprender que se trata de gentes que además de trabajar la tierra, han debido asumir, en la mayoría de los casos, la gestión de sus comunidades y un rol político determinante para sobrevivir en una sociedad profundamente violentada.

El hecho innegable es que las campesinas y campesinos colombianas se encuentran en un contexto de guerra todavía viva, donde guerrillas, fuerza pública y paramilitares continúan disputándose los recursos y el territorio. De esta manera, las víctimas del conflicto armado se identifican gran parte de las veces con aquellas personas que obstruyen el expolio en los territorios por el simple hecho de residir en ellos. La voluntad de las campesinas de gozar de un día a día con los derechos fundamentales garantizados deriva demasiadas veces en la obligación de tener que marcharse de sus hogares por haberse negado a renunciar a luchar por una vida digna, oponiendo resistencia a las amenazas de todos esos grupos. El abandono forzado comporta una ruptura que destruye familias y vínculos con el territorio, ya que estos desplazamientos solo pueden traducirse en pérdidas, y en el caso del conocimiento tradicional, que corresponde a uno de los patrimonios más valiosos en la construcción del sujeto campesino, se desvanece. Tanto porque el entorno en el que había coexistido la familia deja de ser el nativo o porque los mismos ancestros que debían transmitir esa sabiduría ya no están.

Así, conocí una Colombia que ha debido adaptarse a constantes amenazas y atentados contra la vida, es decir, a la constante incertidumbre, donde los campesinos acaban siendo denominados colonos2, porque esos desplazamientos de familias y comunidades resultan en la obligación de buscar nuevos territorios donde asentarse. La idea que traía conmigo del campesino que trabaja la tierra en mutua interacción para lograr alimentos dignos, en Colombia no siempre es viable, más allá de la voluntad de cada cual, porque requiere de un blindaje y respeto a largo plazo hacia las comunidades que durante generaciones no ha existido.

El mundo rural colombiano, como en tantas otras regiones del planeta, ha sido saqueado y olvidado, de manera que permanecer en él y garantizar ingresos para poder subsistir acaba derivando en actividades alejadas del idealismo que traje conmigo. Empezando por el cultivo de coca que, intentando superar el estereotipo y la trivialidad que se le asocia, sigue siendo una realidad en muchas zonas rurales generando grandes conflictos territoriales y desigualdades sociales. Éste corresponde a una cultura impuesta3 que destruye territorios e identidades y está avalada por una indiferencia gubernamental que sigue sin abastecer de servicios a las comunidades para que alternativas productivas y otros proyectos de vida sean posibles4.

A día de hoy sigue siendo una fuente de subsistencia para muchos campesinos, donde entre otros, se replican lógicas patriarcales de invisibilización de la economía reproductiva desarrollada por las mujeres que se encargan de todas las actividades de cuidados de los empleados en los cultivos, así como otros factores que perpetúan las desigualdades y la subordinación de las clases más vulnerables, como el empleo de migrantes o jóvenes para las tareas más pesadas, como la recolección de la hoja de coca, o la pérdida de soberanía alimentaria de las familias campesinas. Además, de las presiones violentas a las que están sometidas las comunidades por diferentes actores armados que se disputan el control del mercado del narcotráfico. Este es solo un ejemplo de parte de la realidad campesina, aunque en los días que corren cabe mencionar los grandes cambios que se están experimentado en áreas donde no ha habido presencia estatal de manera histórica, siendo controladas en su lugar por las FARC-EP y debido a la desmovilización de la guerrilla en 2016, se están convirtiendo en espacios de guerra abierta entre otros grupos armados para cooptar su control. A pesar de que a nivel internacional se habla de la llegada de paz a Colombia, gracias a la firma de los acuerdos entre las FARC-EP y el gobierno de Santos, las cifras de asesinatos de líderes sociales y defensores de derechos humanos muestran lo contrario5.

La no-presencia del Estado en muchas zonas ha comportado que sean las propias comunidades las que gestionen su territorio y se organicen para garantizar los servicios básicos, es decir, los líderes sociales son las mismas campesinas y campesinos. Este hecho comporta que la cotidianidad del mundo rural vaya más allá del trabajo de la tierra. Su día a día gira en torno a la defensa de los derechos humanos y el bienestar colectivo, lo que implica un activismo que han debido adoptar sin tener alternativa, que los expone como diana de ataques de aquellos que buscan el poder y el control sobre las comunidades y sus tierras. El sujeto campesino en Colombia y en tantos otros lugares tiene un rol político determinante, que el sistema imperante se ha encargado de invisibilizar, banalizando su acción de protección de los recursos, de gestión territorial y de organización social.

Después de conocer la complejidad de las luchas campesinas, el romanticismo con el que llegué ha debido empoderarse, entendiendo que es de vital importancia apoyar estas resistencias y ampliar las concepciones con las crecemos en occidente sobre qué tipo de sujetos articulan los movimientos sociales en el mundo rural. Asimismo, se debe empezar por reconocer a las campesinas y campesinos como merecedoras de una figura propia para proteger sus derechos fundamentales, como se lleva reivindicando desde hace años por la Vía Campesina y que afortunadamente ya ha llegado a la Asamblea General de la ONU6; ya que, sin garantías de justicia social es imposible que puedan desarrollar una vida más allá de la pura resistencia, que acaba limitando todas las otras acciones relacionadas con una buena gestión y mantenimiento del medio ambiente, así como la provisión de alimentos de calidad a la población a través de sus prácticas productivas, con el que se reconoce en esencia al campesinado y es clave para el sustento de toda la sociedad en general. Aun así, no debemos olvidarnos de que muchas de estas comunidades, a pesar de los hostigamientos, han desarrollado una resiliencia que les ha permitido ir mucho más allá de la mera subsistencia, para implementar referencias de desarrollo comunitario y soberanía alimentaria.

Solidarizarnos en nuestras luchas y visibilizar la importancia del campesinado, así como nuestra interdependencia, puede ser el primer paso para avanzar hacia la paz positiva7 de la que deberían poder gozar todas las comunidades.

1 Palabra con que nombramos a la zona rural de Colombia.

2 Campesinos colonizadores, en gran parte familias desplazadas víctimas del conflicto armado, que han debido asentarse en zonas vírgenes de selva, construyendo comunidades desde cero. En la actualidad, el Estado colombiano no reconoce la legalidad de estos asentamientos derivando en grandes conflictos territoriales.

3 El cultivo de coca a gran escala fue introducido en Colombia alrededor de los años 70 que a largo plazo, entre otras cuestiones, ha permitido la intervención de potencias internacionales en la denominada lucha contra el narcotráfico, como el Plan Colombia ejecutado por Estados Unidos y el gobierno de Andrés Pastrana en la época de los 2000, que comportó una alta militarización del territorio colombiano y el recrudecimiento del conflicto armado, ya que se aprovechó para tratar de debilitar la estructura de la guerrilla de las FARC-EP conjuntamente con la lucha contra las redes de narcotráfico.

4 El punto 1 de los Acuerdos de Paz entre las FARC-EP y el gobierno colombiano, corresponde a la Reforma Rural Integral, donde se contempla, entre otros, la implementación de Planes de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET), que tiene como objetivo contribuir a una transformación estructural del campo y atacar de raíz la concentración de tierra del país, una de las principales causas del conflicto. En agosto de 2018 el Instituto Kroc de Estudios Internacionales de Paz cifraba en solo el 2% de compromisos implementados completamente y el 50% todavía no se habían iniciado.

5 El Instituto de Desarrollo para la Paz y el Programa Somos Defensores cifran en más de 400 líderes asesinados, víctimas del conflicto desde el 1 de enero de 2016 al 3 de agosto de 2018. Durante el mes de enero de 2019, según cifras oficiales, fueron asesinados 11 líderes y lideresas.

6 El 17 de diciembre de 2018 la ONU aprobó la Declaración de Derechos Campesinos. Tanto España como Colombia se abstuvieron durante la votación.

7 Concepto que define la paz no solamente con la mera ausencia de guerra y violencia directa, sino que depende también de la existencia de justicia social.

 

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