Del Exilio al Insilio

Un camino por conocer y reconocer

Colombia se caracteriza por un profundo y muy antiguo desplazamiento interno que, hasta hace poco más de una década, es reconocido como un delito de lesa humanidad. Así mismo, dado el incremento de la guerra y de la imposición del modelo económico neoliberal se intensifica el desplazamiento forzado transfronterizo o desplazamiento transnacional, que ocasiona el éxodo hacia el refugio y el exilio. Estas vivencias siempre están acompañadas del desarraigo, la nostalgia, la pérdida de liderazgos, las profesiones aparcadas, las solapadas o las reconfiguradas a las necesidades del mercado. Además de la pérdida de la identidad y de la ciudadanía, se experimenta una carga económica y emocional tremendamente pesada en las personas que transitan las rutas del exilio y el refugio, sumada a la pérdida de derechos civiles, políticos, sociales y culturales. Entre muchos otros impactos.

El desplazamiento forzado transfronterizo es un hecho victimizante que aún no tiene el reconocimiento que se merece dentro de Colombia, a pesar de la ardua lucha de las organizaciones de víctimas en el exterior, que abogan y demandan para que se reconozca y se tipifique como tal.

En el mismo sentido, existe un fenómeno mucho menos conocido, mucho más invisibilizado, que ocurre en conflictos armados y se enmarca en el éxodo que obliga a las personas al desplazamiento forzado transnacional, se trata del Insilio. Este fenómeno de gran complejidad requiere de una comprensión que intentaré explicar desde mi experiencia, desde mi lugar como defensora de derechos humanos, desde mi formación como psicóloga social, como feminista comunitaria en proceso decolonial, y desde un lugar muy importante, desde el lugar de la madre.

El insilio es el estar dentro del país de origen, pero forzado al silencio. La persona insiliada, lo está en su propio país, donde eso propio le es ajeno, donde eso propio es territorio peligroso. Esto no solo es una violación a un derecho humano, sino una situación que permanece en el tiempo y cuyo impacto varía de acuerdo con la edad, la condición social y las redes de apoyo con las que se cuente. El insilio abarca el campo de la socialización, la escuela y lo vecinal; pero también lo cultural, lo expresivo, la participación ciudadana, las construcciones sociales y las expresiones y comportamientos sociopolíticos.

Este fenómeno, además, define profundamente las relaciones materno–filiales entre madres obligadas al desplazamiento transfronterizo y los hijos e hijas que quedaron en Colombia. Por consiguiente, este es un hecho que debe ser observado desde la perspectiva de la violación de derechos humanos en el marco del conflicto armado, social y político en Colombia. En palabras del doctor Carlos Martín Beristain, comisionado en Colombia de La Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición: “El Insilio se refiere a los familiares afectados por el exilio de sus familiares, pero que se quedaron aquí”.

Para comprender el fenómeno del insilio, es necesario plantear algunas consideraciones e ir buscando la caracterización del fenómeno que a lo largo de texto se puede ir observando. Se empieza por decir que esta experiencia se vive, e innegablemente se transmite, de madres a hijos e hijas.

-Estoy convencido que en ese cúmulo de cosas, situaciones y sentimientos hay una deuda en el afecto, en la construcción familiar y de presencia de la madre. Cuando uno está pequeño los adultos creen que uno no lo entiende, no lo explican porque creen que uno no lo va a entender o que puede causar tristeza; entonces quizás por protección no lo dicen, pero el entendimiento de un niño o de una niña es muy profundo, los niños y las niñas comprenden muchas cosas, incluso las analizan y sacan sus propias conclusiones.

Estas pérdidas se trasladan y se profundizan en otros lugares de la tierra, es decir, viajan en la maleta de quién tuvo que huir y, simultáneamente, se quedan en origen, acompañando cotidianamente la ausencia de quienes no pudieron salir. Ellos y ellas no pueden decir: “La guerra y el exilio no tienen nada que ver conmigo”, puesto que también arrastran el dolor, la pérdida de la familia y, muchas veces, la desestructuración de esta misma.

A medida que pasa el tiempo, se interioriza la realidad de que se es parte de la historia de la guerra y el desplazamiento interno de la familia. Esta memoria familiar se recrea y se transmite prácticamente en privado, entre abuelos y abuelas a padres y madres; y, de estos, a nietas y nietos. Estos relatos son como los tesoros familiares, algunas veces enaltecen, otras veces entristecen, pero a la vez pertenecen al mundo íntimo familiar y se derivan especialmente a través de la memoria oral.

Yo no puedo decir que soy ajeno a la guerra, si estoy hecho de estos acontecimientos cotidianos, heredados de la familia, de los abuelos, de mi madre y de mis tías y tíos. Estoy hecho de eso. Tampoco soy ajeno al exilo, aunque nunca me he exiliado.

En un país como Colombia, que ha vivido guerras a lo largo de su historia y que ésta que hoy se vive alcanza los cerca de 60 años, sin generalizar, sí se puede afirmar que muchas familias han experimentado procesos de desplazamiento forzado interno, en vivencia de relación ascendente, incluso ancestral, desde la época de la colonia. Pero también de relación descendiente hacia la actualidad, es decir, muchas de las personas que transitan la ruta del exilio y el refugio, previamente habían vivido con sus familias desplazamientos internos. Es decir, que la vivencia del insilio circula entre el éxodo político y la mimetización en la geografía de la guerra, pero siempre acompañada de un estado de melancolía, silencio y nostalgia.

-Solo tenía siete años, cuando un día el teléfono fijo de la casa de los abuelos, sonó y yo contesté; al otro lado de la línea había un hombre que mandó un mensaje insultante y de amenaza de muerte para una de mis tías. Es claro que cuando uno está pequeño sabe lo que pasa y los riesgos que tiene la familia.

-Tuve que entender desde muy pequeño que en la familia se corrían riesgos y esto influye mucho que uno tenga que silenciarse, que uno no pueda compartir estas preocupaciones con los amigos y amigas de mi edad.

Y tanto es así que, ante la inminente realidad de la partida, la preocupación por el cuidado de los hijos e hijas, y la incertidumbre en el lugar de riesgo y sobre el lugar de llegada –que se asemeja como a un salto al vacío- es aquí donde el insilio tienen su momento de enunciación: este es el momento donde se entretejen sororidades y acuerdos de autoridad femenina para los arreglos en las sustituciones de la crianza. El reconocer que es más seguro en términos de protección para los hijos e hijas que la madre esté ausente o lejos. En este momento lo que importa es la vida y que esa decisión involuntaria e inminente cause el menor daño al núcleo familiar.

-Varias mujeres hicieron las veces de madres presenciales, como mi abuelita, y mis tías que estuvieron y están cada día, aquí se muestra muy bien el factor femenino en la crianza. Pero mi madre, no. No pudo estar.

Los cuestionamientos llegan con el pasar del tiempo, cuando se hace necesario desentrañar los acontecimientos del pasado y explicarlos; ahí es cuando se devela la memoria. Cabe aclarar que las personas refugiadas y exiliadas no toman la decisión voluntaria de irse del país, son obligadas a ello. Las “decisiones” maternas, algunas veces no entendidas por quien vive el insilio, son leídas como heridas, abandono, maternidad no ejercida, poca valía hacia los hijos y emergen, en la mayoría, de los casos en forma agresiva en la adolescencia y la juventud.

-Hay temas que a diario me cuestionan, como, por ejemplo, me pregunto: cómo habría sido mi vida tanto de niño, como de adolescente y adulto, si hubiese crecido con mi madre; quién sería yo si hubiera vivido cerca cotidianamente con ella.

-No tuve la oportunidad, yo hubiera preferido un día sentarme con ella y poder decirle mi sentimiento y mi vivencia, lo que pasaba con mi cuerpo y mis opciones, y poder decirle cara a cara la situación.

-Además, la comprensión de mi ser de víctima me ha costado mucho reconocerlo, si uno hace un proceso comparativo con los hijos e hijas de personas que sus padres han sido víctimas de sucesos muy violentos, en esa comparativa uno dice: no, primero estas víctimas, y yo tengo a mi madre ausente, pero está viva.

El insilio hace resignificar el cuidado, la crianza y la educación por parte de abuelos, abuelas o las personas que hacen las veces de madres; los hijos e hijas en no pocas ocasiones terminan por definir el exilio como un abandono de la madre, una vivencia dolorosa, una experiencia que se esconde ante los pares de su edad; y pone de relieve  la confrontación entre el sentido materno y el filial. No obstante, es importante decir que no se puede generalizar en todos los casos y que puede ser útil también profundizar en la identificación de categorías generacionales que nos permitan diversificar los acontecimientos y los impactos. Lo que sí se puede decir es que también depende de las estructuras familiares y, que en las conversaciones de conciliación y reconciliación con los hijos e hijas insiliadas, esto es una constante recurrente.

También vale la pena decir que el insilio presenta un paisaje en el que la familia, los abuelos, las abuelas o quienes hacen las veces de madres, están vinculadas a una especie de herencia de silencio y de nostalgia, a veces mal interpretada como resiliencia, con un contínuum de reafirmaciones en el valor de la vida y del amor ausente.

Ella, aunque esté lejos te ama. Hija no vengas a casa por estos días, la situación es muy complicada. Preferimos que estés por allá, porque sabemos que estás viva, mejor no vengas.

Estas circunstancias pueden crear nuevos conflictos en la vida de las madres exiliadas y refugiadas quienes, por razones obvias, habían alcanzado una militancia importante en el país. Ahora, en el exilio y el refugio, sienten la carga de no haber ejercicio su maternidad plena, de no haber podido estar en los momentos importantes de toma de decisiones y de las necesidades principales, experimentando una sensación de fracaso y de empobrecimiento en la relación, construida ahora desde la carencia.

Aquí cobra valor la palabra, la escucha y la explicación desde el amor, el relato de ese momento prioritario, un relato que puede dar a comprender el sentido de la ausencia; es también muy importante aquí la memoria familiar, la memoria social y la verdad real, así como las conciliaciones entre lo materno y lo filial; pero en todo este tejido, de nuevo hacen presencia las mujeres en la familia, la consanguínea y la familia social, los abuelos, las abuelas o las personas que hacen las veces de madres.

Otro factor que resaltar, y que aparece recurrentemente en las personas en proceso de insilio y de exilio, son las despedidas no asimiladas o no realizadas. Estas salidas del país en silencio, en el anonimato; estas formas necesarias en sí mismas, para la protección de la persona al momento de salir, crean otra carencia entre la realidad de cruz-ar como una suerte de atravesar la frontera de lo peligroso, pero dejando en lo peligroso a sus seres queridos; y ella con rumbo hacia lo desconocido, pero que pareciera ser que se viaja hacia la geografía de la vida y de la esperanza.

-Estos seres del afecto de quienes no me alcancé a despedir no me lo perdonarán nunca y esta horrible sensación de no saber cuándo volveremos a vernos o si no volveré a verlos jamás.

-Adiós Camilo Torres, … un día volveremos a vernos.

Esta vivencia del adiós inconcluso, del vacío de la despedida, de lo que no se pudo decir, de la palabra atragantada, simbólicamente atenaza emocionalmente a las dos partes, tanto a la exiliada, como a la insiliada y puede devenir en crisis psicológica.

Estas reflexiones intentan mostrar las dimensiones materno–filiales y generacionales del sentimiento de abandono, muy similar a las vivencias que experimentan los niños y niñas de padres o madres que han sufrido desaparición forzada.

También existen otras reflexiones de las personas en insilio, especialmente en la adolescencia, que tienden a minimizar el relato real del riesgo de la madre, defensora o lideresa social, expresando a la vez un desagrado o menosprecio por los movimientos sociales, o por esa utopía de justicia social que viven o vivieron las madres. Incluso puede ser calificada de acciones excesivas.

-No era para tanto. Tú sabes que este país es así y no lo va a cambiar nadie. Esto no tiene arreglo.

-Por ser tan exagerada, mira nos tocó vivir de casa en casa, y al final no tú tampoco estuviste.

-Pero sí, durante las etapas de la vida, por ejemplo, en la adolescencia tuve mucha rabia y enojo con la vida y con la situación. Cuando ya terminé el colegio, ya tocó pensar en qué hacer en la vida, estudiar, formarse para trabajar y tuve que hacer frente a las premuras de la vida, con las herramientas que tenía.

Se puede decir que es un reclamo filial por la ausencia del regazo y el cuidado de la madre, un reclamo por un país incierto, un reclamo por la presencia efectiva de autoridad femenina. Puesto que resultaron ser más importantes las luchas sociales, que sus propios hijos e hijas. Estas vidas, que en condiciones normales tendrían rumbos cercanos, ahora en el insilio y en el exilio tomaron otros rumbos. Todas estas formas de censura y aridez relacional hacen presencia en la crianza desde la distancia y la ausencia, en una urgencia de ella, por no perder la identificación materna, y en el cuidado de que este reclamo, por la no presencia de la madre, derive en abandono escolar o en prácticas sociales peligrosas o de riesgo en ese tránsito de la adolescencia a la juventud.

-Pero ahora en el tiempo de la adultez sigo con un tema recurrente, sobre cómo habría sido mi vida; me cuestiona también en este contexto colombiano, todas las dificultades para ser y protegerme como hijo de una familia crítica, donde varias personas son defensoras de derechos humanos.

-En Colombia hay como un desligamiento de la realidad, como un desconocimiento a propósito, una negación; no se puede hablar para sentirse acompañado, hay temor de tratar el tema. Es como una manera distante de ejercer como sujeto social y político; quizás es la exposición continua a las violencias. Yo, por ejemplo, así lo vivo y al acercarme en las precisiones sobre los riesgos, se incrementan mis temores.

En el mismo sentido, se tienen vivencias de un diálogo entre la cercanía emocional y la lejanía transatlántica y geográfica; una forma de amor deslocalizado que cuesta por teléfono. Y antes desde un locutorio donde era muy difícil desnudarse, despersonalizar la culpa por una parte y llenar el vacío de amor, por otra. Aquí, cobra valor infinito el recuerdo de lo vivido, de los momentos de felicidad, el abrazo cálido, los objetos del ser amado ausente, las fotos, las cartas, las canciones y, hoy por hoy, el valor de las comunicaciones y las nuevas tecnologías con imagen en tiempo real.

-El otro tema es que veo a mi madre en una constante prisa por recuperar su maternidad, yo lo he comentado con mi hermano, que vemos una ausencia vaciada de sentido, es decir ella ausente, pero presente, en una presencia ausente. Es difícil de explicar (…).

-Por ejemplo, ahora con la pandemia, con la COVID19, ella se volcó mucho más tiempo del normal a explicar lo que estaba pasando en España y en el mundo, toda la información que veía útil nos la comentó, no escatimó en nada, y lo que quería era estar presente para el cuidado de nosotros; notamos su sufrimiento y preocupación.

-Y por nuestra parte, sentimos mi hermano y yo, con la presencia mundial del COVID-19, que se nos incrementó el temor y las ausencias. Siempre para estas situaciones tan desconocidas es mucho mejor estar acompañado, tener la madre cerca. También mucha preocupación por las pérdidas sumado a todo lo que nos ha tocado vivir.

-Ahora tan alejados geográficamente y en un momento de muerte, por la pandemia; tenemos temor de que mamá se enferme, se contagie y muera lejos y nosotros sin poder verla, sin poder estar con ella; esto es una batalla más, otra pérdida, otro dolor, otra vez la madre ausente; y la sensación de que terminó ganando el hecho de tener que irse y ahora con la pandemia, ahora sí, para nunca más volver”.

Todo este cúmulo de apreciaciones sirven para caracterizar el insilio, pueden ayudar a valorar la relación y la palabra para dar un orden a la explicación del exilio y el porqué del insilio. Asimismo, pueden ayudar a desmontar preconceptos estigmatizadores socialmente, que desvalorizan el sentido de ser defensora o lideresa social en un país que criminaliza y castiga con la muerte a las personas defensoras de derechos humanos y líderes sociales. Un país inserto en todos los aspectos en el sistema heteropatriarcal, que persigue y criminaliza los liderazgos sociales de las mujeres:

-Mala madre, primero ha debido pensar en la familia y sus hijos, ¿la amenazaron? Por algo sería. Estaba metida con gente peligrosa. Como que era guerrillera.

Así mismo, pueden dar significación al equilibrio en las acciones de la persona insiliada, que algunas veces se refleja en volcarse al otro lado, dándole un valor supremo a las militancias; situación que también puede constituir un enorme riesgo para la vida.

-Sí, claro, llegó el momento en que yo quería irme a combatir y mi mamá prácticamente tuvo que bajarme el fusil del hombro, como dicen por ahí…

He de reconocer que del insilio hay todo un camino por conocer, que falta mucho por decir, muchos silencios por romper, muchas heridas por sanar, mucha culpa por soltar. Quedan variables por incluir, por averiguar y por sistematizar. Este texto es solo un acercamiento al fenómeno. Pero se puede avanzar en afirmar:

Que explicitar públicamente la memoria individual, familiar y colectiva, sus formas de expresión tanto políticas, como artísticas y estéticas resultan un camino para el reconocimiento y facilita la superación de esta situación.

Que es muy importante el valor de la palabra y la escucha para la deconstrucción y la construcción de nuevos relatos. Reconocer y comprender el insilio abre las compuertas a la reconciliación de las relaciones materno – filiales, abriendo grietas al muro de la desafección social, política y la sensación de que Colombia nunca cambiará.

Que caracterizar el insilio constituye un desafío y una invitación a la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición para no dejar de lado el fenómeno del insilio y transitarlo por la verdad y la memoria para que estas sean completas. Como dice el Comisionado Carlos Martín Beristain: “Si Colombia no visita las huellas de su historia, incluyendo las que están frescas de ayer, va a seguir estando exiliada de sus propias raíces y repitiendo lo que nosotros llamamos factores reales de persistencia del conflicto armado”.

Que se ha de hacer un reconocimiento a la genealogía femenina, abuelas, tías, amigas o quienes hacen las veces de madres. Ellas han hecho un rol de extensión del amor en una resignificación de la crianza, en complicidad con las madres en exilio y refugio, para retejer con hilo y aguja la verdad de lo ocurrido y dar respuesta a un sin número de interrogantes que saltan en la relación cotidiana. Ellas también hacen de mediadoras en las relaciones materno – filiales, y acompañan el tránsito de las etapas del crecimiento y los momentos de toma de decisiones importantes.

Que el esclarecimiento de la verdad pone en valor la importancia de las mujeres defensoras, lideresas que viven el desplazamiento forzado transfronterizo y que sus luchas continúan en el lugar que hoy transitan en exilio o refugio. Que ellas continúan trabajando por las transformaciones que Colombia necesita para superar ese panorama endémico de desigualdad estructural generador de múltiples violencias. Ellas continúan trabajando para lograr dejar como herencia a sus hijos e hijas un país más libre y en paz con el sueño de que sus hijos e hijas puedan crecer y desarrollarse en un territorio garante del disfrute de los derechos humanos en todas sus dimensiones.

Por último, agradecer a las cinco personas en insilio que generosamente facilitaron su entrevista, agradecer por la confianza y por abrirme el corazón, por dejarme tomar prestadas sus palabras y sus sentimientos para poder escribir este texto. Ellas también me han pedido no ser nombradas en esta primera reflexión.

 

* Documento elaborado por Betty Puerto Barrera. Psicóloga social, máster en Estudios de la Diferencia Sexual de la UB y Postgrado en Resolución de Conflictos y cultura de paz de la UAB. Activista por la paz, feminista en proceso decolonial y miembra de la Colectiva de Mujeres Refugiadas Exiliadas y Migradas, y del Foro Internacional de Víctimas.


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