Volver a pasar por el corazón

Estoy segura de que si pones las palabras reconciliación y Colombia en twitter deben ser trending topic desde hace unos meses, y es que están de moda. Las anteriores fueron firma, Habana, Sí, No, acuerdos…

Pues ahora viene lo que viene: toca re (y de)- construir, re- conciliar, re-conocer, y aunque duela, pues también recordar, que, como decía Galeano, significa literalmente volver a pasar por el corazón. Y es así: para reconciliar primero hay que estar preparadas para que lo que nos ha dividido pueda pasar por el corazón, y sólo si sale vivo de ahí podremos dar el siguiente paso y reconstruir. Si no, mal vamos.

El acuerdo de paz se aprobó finalmente con algunas zancadillas en Noviembre de 2016. Se intentaba cerrar una etapa de 60 años de conflicto armado interno. ¿Os imagináis lo que suponen 60 AÑOS de guerra civil en la conciencia colectiva de un país? ¿Eso divide? ¿Rompe? ¿Resquebraja?

Yo no soy mucho de nacionalismos, me dan un poco de miedo para ser sincera, pero aquí toca pensar en ello. ¿Cómo se hace para reconstruir esa patria digna de todos tan añorada y deseada, en un panorama como este? Porque como en muchos otros conflictos, casi siempre hay alguna parte que se enorgullece de quedarse en posesión de la razón y de la verdad, y mucho me temo yo que Colombia no va a ser menos. Así que cuidado, porque, si no se pone en práctica el verbo clave (yo reconcilio, tú reconcilias, nosotros reconciliamos), corremos el riesgo de que esa utopía de patria digna y amada se quede en manos de los que menos la merecen, y la terminen usando y maltratando a su gusto cada vez que les venga en gana.

Las víctimas están preparadas para reconciliar después de llevar años recordando, pero también llevan años esperando que quien tiene que reconocer, reconozca; y ahí entra en juego otra palabra mágica: implementación. Y es que si no se pone en marcha YA lo acordado, creo que será difícil hablar de reconciliación. En un país donde la mayor parte de las víctimas han sido población civil, éstas merecen ser reconocidas, merecen recibir disculpas, merecen ser escuchadas, merecen ser protagonistas de la reconstrucción de su país y merecen que los derechos robados que llevaron a este juego macabro les sean reconocidos y protegidos. Sin eso, nada de nada, o Paz coja, como decía el compañero Iñaki.

Y después de un año por acá, yo, que vengo de un país muy lejano, muy de Occidente, muy de la parte guay del mundo, esa que nunca se equivoca y que siempre mira al Sur por encima del hombro, a veces me pregunto: ¿como estaría Colombia dentro de 45 años si hoy no se estuvieran dejando los cuernos y la vida como lo está haciendo por abrir corazones, por crear espacios de paz, por reconciliarse aún en medio de las balas – que aún hoy siguen cayendo-, y por ser capaces de pedir y aceptar el perdón? Y ojo, que aquí de perdón saben un rato, que se lo digan al 80% de la población rural que votó por el SI en el plebiscito a pesar de ser las principales víctimas del conflicto. Y no hablamos de perdonar que te roben el bocata en el colegio, va más de la desaparición de tu hija, del asesinato de tu padre, de masacres y desplazamientos de toda una comunidad por intereses territoriales.

Hablando de necesidad urgente de re-conocer, Colombia tiene una oportunidad de oro para aprender de errores ajenos, de contextos lejanos pero hermanos, de guerras civiles no cicatrizadas o de dictaduras no condenadas. Ojalá no le falle a todas esas personas que le están apostando a la reconstrucción de su país desde la justicia, el amor y la reconciliación, porque si esto sale mal, me da por volver a imaginar cómo estarán dentro de medio siglo. ¿Os imagináis que no se hubiera legislado sobre la protección y el reconocimiento a las víctimas? ¿Que, 40 años después, nadie hubiera pasado ni un solo día en prisión por las miles de muertes, desapariciones, o los más de 7 millones de desplazados? ¿Que continuara el silencio y hermetismo respecto a los desaparecidos? ¿Que las fosas siguieran llenas y bien cerradas después de 50 años?

Por desgracia, sí que me imagino como sería y lo que puede llegar a dividir a un país en lo más profundo de su conciencia. De hecho, yo y muchos de los que leeréis esto venimos de uno como ese, en el que después de medio siglo de violencia se pensó que lo mejor sería mirar hacia adelante, y que 40 años después sigue escondiendo la cabeza como las avestruces porque mirar a las cicatrices aún abiertas supondría mirar de frente a la impunidad que las mantiene vivas.

Insisto en mi nulo sentimiento patriótico y mi poco amor hacia los nacionalismos, porque, aunque estoy segura de que alguna que otra vez saldrá bien la cosa, otras ha terminado dejando en las manos equivocadas el poder de decidir qué es patria y quién tiene el derecho ganado o robado a sentirla y defenderla. Que yo sepa eso es herencia de la impunidad y la exclusión, y sólo se cura de la mano del derecho a la justicia, la reparación y la reconciliación.

Si algo me enamoró de este país cuando llegué fue ver que el campo lleva tantos años resistiendo como los que lleva preparándose para respirar hondo y sanar. La gente está tan harta de la pena y el dolor que sólo ven un camino hacia delante, el de perdonar y rehacer. Y eso, cuando viene de la mano de los que lo han perdido todo, merece el máximo respeto y humildad, y no cabe ni un pero por parte de aquellos que tienen la responsabilidad de garantizar la protección y reparación como garantías para la reconciliación.

Aquí voluntad popular hay para dar y tomar, cada día tengo la suerte de ver de primera mano los pasos de gigante que están dando las organizaciones sociales, personas de a pie, líderes y lideresas, estudiantes, sindicalistas… por construir una Colombia más justa y un poquito menos desigual; por darse la mano con el de enfrente a pesar de la rabia y el dolor porque saben que sólo así saldrán de esa rabia y de ese dolor; por dejar de lado sus penas para construir amor colectivo, que suena muy bien, pero que en la práctica debe ser bien jodido.

¿Ejemplos? Todos: Un partido de fútbol entre soldados y guerrilleros en una zona veredal, una excombatiente hablando de género y feminismos junto a una lideresa LGTBI, un guerrillero rapero que le canta a la reconciliación, la ilusión de un amigo por estar dando clases de un periodismo que construye nuevas formas de comunicar en esta Colombia del futuro que ya es presente.

El miedo viene porque una vez más parece que los de abajo van más rápido que los de arriba. Millones de colombianos y colombianas están preparados y hambrientos de paz, y sólo aquellos que comían de la guerra se están empeñando a fondo para que no termine de llegar. La cuestión es preguntarse qué harán ante esto los que tienen en su mano la tarea de utilizar las palabras mágicas: implementar, reconocer, restituir, proteger, reparar, y garantizar.

Ojalá la Colombia que manda en los despachos sepa y quiera escuchar a su gente, sepa y pueda dar las respuestas necesarias en el momento necesario. Hay demasiada esperanza puesta en esta vaina, y me encantaría ver de viejita que dieron una lección de reconciliación a países como el mío, de esos de la parte guay del mundo que nunca se equivocan y que miran al sur por encima del hombro. De esos que, casi 50 años después, siguen dejando que el derecho a la patria, ni digna ni nada, siga en un limbo político con el miedo a que cualquier día termine hecha trizas.


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