Veinticuatrodeabril dedosmilcatorce

Hace tres años, tres, que los 24 de abril tienen algo de especial para mí. Porque hoy, hace tres años, tres, aterricé por primera vez en Colombia.

Realmente aterrizó mi cuerpo porque mi mente seguía en mi Pamplona natal, en mi equipo de Basket del Club Oberena, en tomarme unos potes por la Navarrería, pensando en cuándo volver a casa de vacaciones y en cuándo caer, de nuevo, en Madrid o Cádiz para armar la enésima bulla con mi compadre Lolo.

Es curioso como funcionamos las personas, porque la decisión de salir de mi entorno fue plenamente consciente, arduamente buscada y conllevó varios sacrificios personales y emocionales. Sin embargo, al principio estás más allá que aquí. Pero la decisión estaba tomada. Quería hacerlo, aposté por ello, pasó el tren de IAP y a mí me encanta viajar en tren. Y el tren de IAP es alta gama. De Luxe.

¿Qué más podía hacer?

Desde entonces, casi todo ha sido vertiginoso y a la vez imprevisible. Porque yo soy de los que creen firmemente que la vida es una concatenación de casualidades y no de causalidades. No sólo nada está escrito sino que todo está por escribir, y más en Colombia. El caso es que llegué a Colombia en el momento preciso en el que todo se estaba escribiendo. La historia de este país es una página abierta y cada día se redacta algo nuevo. Nunca tuve tanta sensación de vivir tanta realidad.

Como si fuera un replicante de Blade Runner puedo decir aquello de que “he visto cosas que vosotros no creeríais”.

De hecho, cuando llegué, era un momento de guerra con unas negociaciones muy avanzadas con Las FARC, sí, pero sin embargo la guerra y sus dinámicas eran el pan de cada día.

He visto operativos con ametrallamientos desde siete helicópteros militares, me han retenido más de ocho horas, me ha tocado discutir con Generales metidos toda su vida en dinámicas de guerra y explicar quiénes somos y qué hacemos con suma paciencia a soldados temerosos de todo en una trocha perdida.

He visto ser señalados, acusados y hasta encarcelados a personas con las que trabajas codo con codo. He visto aumentar mes a mes la lista de las personas y organizaciones con las que trabajamos que tienen concedidas medidas de protección. Y he vivido la escalada de amenazas y asesinatos a líderes sociales y campesinos. También he visto cientos de veces la misma estampa en la que una familia campesina tan humilde como acogedora que calla con la boca pero te habla con la mirada. Esa mirada suele serde miedo.

Sin embargo, las cosas han cambiado porque también he visto en directo la firma de unos Acuerdos de Paz que ponían fin a una guerra de 52 años. Y he visto como, previamente, hubo altos al fuego unilaterales primero y un desescalamiento del conflicto que fue oxígeno, sonrisa y vida para este país.

He visto gente ruda curtida en la lucha por sus derechos llorar de emoción en ese momento. He visto sacar una botella de whisky por alguien que no toma pero que esa noche tocaba hacerlo porque había que brindar por el final de la guerra en una zona remota azotada por esa misma guerra. También he visto la ilusión y la esperanza en las Zonas Veredales de Transición y Normalización donde miles de excombatientes están concentrados preparando su tránsito a una vida civil, sin armas, sin guerra.

Y aunque, en perspectiva, creo que no es descabellado decir que a 24 de abril de 2017 la situación general es mejor que la del 24 de abril de 2014 todo sigue siendo vertiginoso y a la vez imprevisible. Porque no puedo quitarme esa sensación de que, en Colombia, todo ha cambiado pero que todo sigue igual. Que muchas cosas han cambiado pero son parecidas. P´alante y p´atrás como un bailecito raro.

Será que justo escribiendo esto me entero de han asesinado a un líder indígena en el Cauca, que acabo de ver fotos de paramilitares campando a sus anchas en el Chocó, que es un hecho que la implementación de los acuerdos va realmente lenta y fuera de plazos, que el Gobierno se muestra más débil que nunca y que al ciudadano medio todo esto le suena a cuento chino porque le han subido el IVA y el transporte y se cuenta cada monedica de 100 pesos.

Sin embargo, se palpan los avances pero a la vez no. Es que aquí todo sigue siendo vertiginoso y a la vez imprevisible.

Será eso lo que hace tan atractivo este trabajo, este país y esta gente porque ahora sí que puedo decir que mi mente está aquí, mi equipo de basket son los Oilers de Barrancabermeja, me tomo las cervezas en una tiendita y pienso a qué playa colombiana iré de vacaciones y en cuándo caer en Bogotá o Medellín para armar alguna bulla con nuevos compadres.

¿Se amañó, Iñaki? Será…


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