Sobre cómo amañarse o intentarlo

El suelo ardía bajo la planta de mi pie desnudo. Me aterroricé. Eran las cuatro de la mañana y la baldosa desprendía un calor asfixiante. Reacción inmediata: encender el ventilador. Pero, ¿cómo dormir con ese zumbido, ese girar de aspas que ni siquiera me parecía suficiente para aliviar las altas temperaturas? Barrancabermeja, el nuevo hogar, es caliente, y mucho. Sea como fuere me dormí, y hasta hoy. Ahora hace unas cuantas semanas que duermo bajo cielo y sobre suelo colombiano y aquel día se antoja lejano.

Cuando en tus manos tienes un pasaje rumbo a Colombia las advertencias se disparan: violencia, paramilitares, guerrillas, narcotráfico. Pero Colombia no es sólo eso. En estos momentos históricos que vive el país después de la firma de los acuerdos de paz entre el gobierno y las FARC-EP es necesario recordar que Colombia también es sinónimo de lucha campesina, de defensa del territorio, de resistencia y capacidad organizativa. Todo eso es lo que he podido apenas atisbar durante las primeras experiencias en terreno con las organizaciones a las que acompañamos.

Con los acuerdos firmados y la guerrilla más longeva de América Latina desmovilizada en las Zonas Veredales Transitoria de Normalización (ZVTN), la implementación de cada uno de los puntos pactados era el siguiente paso para conseguir una paz con justicia social. Sin embargo, el incumplimiento del estado hace pender de un hilo la paz y todo el proceso. Muchas ZVTN no disponen de las infraestructuras necesarias y las comunidades colindantes no están siendo las proveedoras de alimentos, como se había acordado. Además, el vacío de poder que ha dejado las FARC en algunas zonas y la ausencia del estado en las mismas ha supuesto un repunte del paramilitarismo y ha sembrado el terror entre las comunidades.

La trocha hacia la paz se aventura embarrada y tan llena de obstáculos serpenteantes que amenaza con dejar al pueblo colombiano varado. Por esa misma razón, en organizaciones como Ascamcat y ACVC, a las que he acompañado recientemente, campesinado y equipos técnicos trabajan desde hace años codo con codo para que los acuerdos no queden en papel mojado. A través de la pedagogía de paz y la socialización de los acuerdos se informa y asesora sobre cómo afrontar por ejemplo la sustitución de cultivos de uso ilícito mediante la búsqueda alternativas económicas que sean rentables para las comunidades y sostenibles con el medio ambiente.

Es poco tiempo el que piso tierras colombianas, pero desde las lomas de Carrizal en el nordeste antioqueño hasta la bella región del Catatumbo he advertido una premisa clara entre el campesinado: la tierra es para quien la trabaja. Campesinos y campesinas reclaman su pedazo de tierra libre de todo tipo de violencia: libre de paramilitarismo, libre de transnacionales extractivas de recursos naturales, libre de abandono estatal. Los discursos enaltecidos claman justicia social. Esas pieles curtidas por sol, viento y lluvia y esas manos avalan sus palabras: ellas y ellos trabajan la tierra con orgullo, con dignidad, y quieren continuar trabajándola y legarla a sus descendientes.

Dentro de esa lucha incansable, hay días en los que se diluyen los relatos dirigidos a quien no pregunta y sólo escucha. Puedes estar digiriendo un copioso desayuno a base de arepas, arroz y huevos o quizás sentada en una finca entre el vallenato y vallenato que ameniza una integración, entonces te cuentan, te confiesan o hablan sin más pretensión que la de entablar conversación. La historia del muchacho que bajaba troncos por una quebrada y lo asesinaron para luego vestirlo de guerrillero; la de la familia que se salvó de la matanza en su vereda porque el día de antes se trasladó a otra; el joven que haciendo el servicio militar entró en combate y decidió salir de aquello cuando vio que una bala destrozaba el rostro de una mujer. La violencia y la resiliencia atraviesan este pueblo desde hace tantos años que muchas veces se normaliza el testimonio sin “ayes” ni sollozos.

Y después de tanto y tan poco, ¿qué significa eso de estar “amañada” (adaptada)? Últimamente me lo preguntan mucho, me lo pregunto mucho, que si estoy amañada, y no lo sé. Sé que ha cambiado mi concepción del tiempo y que un viaje por región y por trocha de más de ocho horas es largo, pero no tanto. Sé que adoro untar suero en arroz-yuca-plátano-arepa. Sé que se me escapan muchas lógicas de este país pero también sé que estos meses son determinantes para construir la paz con justicia social. Sé que mientras tecleo estas líneas se cumple el cuarto aniversario del inicio del paro agrario en el Catatumbo que dejó cuatro muertos y sé que los campesinos y campesinas de Colombia no dejarán de luchar por la tierra que les pertenece. Sé que desde que comenzó la implementación de los acuerdos han asesinado a 36 líderes sociales y que este país no vivirá en paz mientras la lista de asesinados no se frene.

No sé si estaré muy amañada, pero entiendo a las personas que se enamoran de este proceso y a ratos yo también quiero. Ya no me molesta el zumbido del ventilador, al contrario, me resulta agradable escucharlo y dormirme bajo ese arrullo que noche tras noche mece el aire caliente.


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