Primeros pasos en terreno

Llegué a Colombia hace poco más de dos meses, cuando estaba a punto de dar comienzo el desplazamiento de las guerrilleras y guerrilleros de las FARC-EP a las Zonas Veredales Transitorias de Normalización (ZVTN), para comenzar con el proceso de reinserción a la vida civil. Desde que empecé la formación con IAP, tenía muy claro que llegaba a Colombia en un momento de grandes cambios y nuevos retos, y que iba tener el privilegio de vivir muy de cerca el proceso de implementación de los acuerdos de paz. El privilegio de vivir muy de cerca una etapa única en la historia del país.

Recuerdo cuando leía, antes de venir, los artículos de compañeras y compañeros de IAP en terreno, sus experiencias en región. Se agolpaban en mí una mezcla de emociones solo con pensar que en poco tiempo yo podría estar en su lugar: curiosidad, entusiasmo, ilusión e inquietud. Sobre todo, inquietud. Inquietud por contribuir de algún modo en la defensa de los derechos humanos acompañando a organizaciones sociales que trabajan muy duro para mejorar las condiciones de vida de las campesinas y campesinos, y cuyo trabajo implica asumir mucho riesgo, ya que  son constantemente víctimas de amenazas y hostigamientos. Esa inquietud me llevó a tomar la decisión de ser acompañante internacional, y de tener así la oportunidad de conocer de primera mano la realidad del campo colombiano, tan golpeado por tantos años de conflicto armado. Esa inquietud me trajo a Colombia, y aquí estoy ahora, plenamente consciente de que ser acompañante internacional fue la mejor decisión que podría haber tomado. En este momento, cuando ya he tenido mis primeras salidas a terreno, estoy del todo convencida de lo importante que es nuestro trabajo para las organizaciones que acompañamos, y esa inquietud ha dado paso a la seguridad.

Aunque lleve poco tiempo, he podido comprobar que en terreno todo se vive con mayor intensidad, en todos los sentidos. Cambian los hábitos y rutinas a los que estamos acostumbrados. Cambia la concepción del tiemp. Hay veces que ante la falta de electricidad, una puesta de sol supone que ha llegado la hora de acostarse. Y los recorridos son largos, por lo que a veces toca levantarse a las cuatro de la mañana para viajar. Se requiere adaptación y predisposición a integrarse con la comunidad. Es importante estar preparado físicamente, pero también lo es estarlo emocionalmente,  ya que se presentan situaciones que pueden suponer un gran choque. Además, se aprende que aunque a veces se respire calma, nunca se puede bajar la guardia, siempre hay que estar alerta, con los pies en el suelo –pilas, como se dice aquí–.

Estos últimos días, hemos acompañado a la Asociación Campesina del Catatumbo (ASCAMCAT) en diferentes actividades de pedagogía de paz sobre la sustitución de cultivos de uso ilícito.

Una de estas actividades implicaba adentrarse en el Catatumbo viajando en mula. Nos dirigíamos al Suspiro, lugar donde se iba a celebrar una reunión de socialización de la asociación a la comunidad. Según nos contaron a mi compañera y a mí, el lugar de la reunión no fue elegido por casualidad, y es que allí es donde nació ASCAMCAT en el 2005. Fue un viaje largo, de muchas horas en coche, una en canoa y casi tres en mula, y de repente estábamos en un lugar increíblemente verde atravesado por una quebrada donde se respiraba una sorprendente calma. Sí, el nombre de El Suspiro le quedaba perfecto.

Al llegar, el abandono estatal se hace evidente de inmediato. La incomunicación con el exterior es total ante la falta de infraestructuras, de vías, de electricidad y de señal telefónica. Las únicas veces que el Estado había hecho presencia en la zona era para perseguir y reprimir al campesino­. A pesar de la tranquilidad que hoy se respira aquí, este lugar alberga un triste pasado. Nos cuentan historias de cuando la violencia paramilitar estaba a la orden del día, y cientos de familias tuvieron que desplazarse. Nos hablan también de cuando sufrieron las erradicaciones masivas de los cultivos de hoja de coca con glisofato, atentando así contra el único sustento de las familias. El Catatumbo ha sido una zona muy estigmatizada por los cultivos de uso ilícito y hoy la implementación del punto cuatro de los acuerdos sobre la “Solución al Problema de Drogas Ilícitas” se hace muy compleja aquí. Es por eso que ASCAMCAT está trabajando sin descanso en esta línea, realizando pedagogías de paz en diferentes veredas y luchando para que el cumplimiento de lo acordado se haga efectivo, y el campesinado tenga garantías para efectuar una sustitución voluntaria de estos cultivos de uso ilícito.

Todo el trabajo que se está haciendo en esta línea, ha despertado cierto matiz de esperanza en la comunidad, pero falta ver que el Estado cumpla, y que no se repitan situaciones como la de Tumaco, en Nariño, donde tras suscribir un acuerdo de sustitución voluntaria, la Fuerza Pública realizó operativos de erradicación.

 


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