Plata y Plomo

“Mire, yo esta cobija ya la remendé por varios sitios, pero aún se puede ver por dónde entró la bala. ¿Ve? Por aquí, aquí está el agujero. Ya le dije, es la de mi hija. Ella estaba en la cama, pero bajó porque le entró el miedo nada más empezó la balacera”.

Con estas palabras, muestra la mujer una manta de lana con un enorme tigre bordado. Efectivamente, se puede ver la señal por donde pasó sin encontrar resistencia una bala destinada a acabar con la vida de un hombre, para impactar en la pared de madera y caer finalmente al suelo sin cumplir su propósito.

Tras un viaje de más de seis horas en carro por caminos pedregosos, después de cruzar fincas ganaderas que extienden el verde hasta allá donde alcanza la vista y atravesar el río Duda en una pequeña barca de madera, nos dan la bienvenida unas pocas calles desiertas, polvorientas. Se trata de la inspección de La Julia, en el municipio de La Uribe, Meta. Mirando alrededor, es inevitable pensar en viejas estampas sacadas de los clásicos del western. A ambos lados, casas bajas de madera y tejado de zinc, rodeadas de altos árboles y espesa vegetación, aislando aún más la pequeña población. La sensación de estar siendo observado acompaña a quien se adentra en el pueblo. Recién llegados, saludamos a uno de los habitantes, un viejo conocido de otras visitas a la región. “Y, bien duro, no dejan de darse plomo”, nos dice cuando le preguntamos cómo van las cosas por allá. “Pero así va esta vaina, nosotros seguimos resistiendo”.

Nosotros. Se refiere a la mayoría de la población de la zona, población civil atrapada en un conflicto del que se vislumbra el fin sólo para algunos. Campesinos estigmatizados, culpables de vivir en lo que se considera zona de guerrilla. Expuestos a quedar en medio de ataques encarnizados de dos bandos que no distinguen el patio de una escuela y el campo de batalla, a ataques aéreos, a la desconfianza de las autoridades a la hora de exigir reparación. Pero si, siguen resistiendo. Organizándose, denunciando, creando y fortaleciendo el tejido social en favor de la paz, a través de asociaciones campesinas y defensoras de derechos humanos, como es el caso de DHOC.

Acompañamos a esta organización en la comisión de verificación de una finca afectada por un ametrallamiento desde un helicóptero. Error de coordenadas, les dijeron. Cuantiosos daños materiales, y la sensación de completa vulnerabilidad que supone ver tu vivienda atacada sin motivo mientras duermes. El propietario denunció ante la personería, decidido a hacer todo lo posible para que la situación no se repita. Otras personas no lo ven tan claro.

Cerca de allá, visitamos otras dos casas afectadas. Esta vez, fuego cruzado entre el Ejército y la guerrilla. Han pasado dos años, pero la familia que encontramos en la primera aún se muestra reticente a hablar. Los daños son aún visibles, y el miedo, patente. “¿Denunciar, para qué? ¿Va a servir para algo?” Cruzamos el patio de la escuela primaria, con siete impactos que nadie se ha molestado en pintar grabados en la pared, para llegar a la otra vivienda. Estremece ver las marcas redondas en algunos lugares. Una atravesando la página del calendario de pared. Otra en la cabecera de la cama donde dormía la hija de la casa. Una segunda bala atravesó su manta minutos después. Una televisión impactada, una licuadora…

“Mire, aquí tenía yo el botecito de la plata, ¿ve? Y le pegaron así, no más, reventó todo, pero lo tengo guardado” La mujer nos enseña un billete de diez mil pesos, atravesado limpiamente. Una moneda doblada y mellada y varias balas deformadas por los impactos. Plata y plomo. Y así, esta imagen lo ilustra perfectamente, sirve como metáfora de un conflicto en el que dos bandos se disparan y otro pierde lo poco que ha conseguido ganar con su esfuerzo y sudor.


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