Mis primeras impresiones

Para empezar nuestro año de acompañantes, Nerea y yo nos fuimos al Norte de Santander, donde la Asociación Campesina del Catatumbo (Ascamcat) realizó su balance anual. Fueron unos días de continuo aprendizaje junto a la ‘jefa’ Natalia, días para empaparse de realidad tras la intensa formación teórica previa a nuestra llegada.

Cuando pasas por el retén militar de La Esmeralda, hace ya algunos quilómetros que el asfalto ha dado paso a un pista forestal bacheada. Ésta desciende por las laderas serpenteantes de las montañas catatumberas hasta llegar a San Pablo. Casi no hay un tramo llano, ni recto.

En ese retén termina, de algún modo, la Colombia oficial. A partir de ahí, zona roja, como le llaman, aunque yo la asemejaría más bien al Far West. Se trata de territorios fuera del control del Estado, donde se mezclan, en el caso del Catatumbo, todos los ingredientes que han alimentado históricamente el conflicto colombiano: guerrilla, paramilitarismo, desplazamiento de población, falsos positivos, cultivos ilegales…

Decía que es un poco como el Far West porque uno tiene la sensación de que las cosas son provisionales. Es como si la colonización no hubiese acabado, y no solo porque no hayan llegado los servicios mínimos que un estado debe asegurar, como unas vías de comunicación aceptables, educación o sanidad, sino por la estructura misma de las poblaciones. La historia todavía no ha dicho su última palabra en el Catatumbo.

En este contexto es donde trabaja la Asociación Campesina del Catatumbo. Sus retos son mayúsculos, pues cae sobre ella el peso de la estigmatización. Sí, para el estado, los habitantes del Catatumbo son guerrilleros o narcos. Esa estigmatización trae consigo amenazas a muchos de sus miembros, y sabemos que las amenazas en Colombia no son baladí, pues la historia ha demostrado que muchas de ellas se cumplen.

Pero los retos no acaban ahí. La asociación trabaja de un modo inclusivo, y muchos de sus representantes sectoriales son campesinos que nunca aprendieron a leer ni a escribir. Campesinos que nunca trabajaron de forma organizada porque en otros tiempos era como echarse a uno mismo la soga al cuello. No son todos. También hay jóvenes preparados en la capital que aportan sus conocimientos técnicos, para conformar entre todos una mezcla imposible cuya fuerza está en la unión.

La asociación lucha por el derecho a la tierra porque cree que la tierra es de quien la trabaja. Lucha para que no venga el estado a imponer la gran industria extractiva que desplace a la población, una vez más, y la fuerce a asentarse en un suburbio de Bogotá o Medellín. Lucha para sustituir el cultivo de coca, muy abundante, pero de modo gradual y con garantías, y no bañando los campos desde un avión con ese glifosato que mata la tierra y a las personas. Lucha, en definitiva, por una salida digna y con derechos para los pequeños campesinos, para que los hijos puedan estudiar y para que tengan un médico cerca si enferman.

El año que tenemos por delante no es un año cualquiera. En el Catatumbo ansían la paz, pero saben que la paz nunca fue solo una firma en un papel. Las dinámicas son difíciles de cambiar y por allá son conscientes, así que se les ve prudentes. Por eso se han planteado trabajar y reivindicar más que nunca. Saben que el año de la paz, para bien o para mal, marcará su futuro.


Compartir: