Miedo y amenazas en el Tolima

Corría el mes de abril cuando un equipo de la Asociación de Trabajadores Campesinos del Tolima, Astracatol, realizó una gira de Derechos Humanos por los municipios del sur del departamento. El objetivo principal era, además de organizar el trabajo de las subdirectivas de la asociación, recoger denuncias de violaciones a los DDHH. Lo que encontraron fue miedo, amenazas e impunidad, algo que por allá conocen de primera mano.

“Estuve a punto de botar la toalla”, dice Raúl, el presidente de la subdirectiva de la asociación en un pequeño municipio de la cordillera central. “Una mujer se me acercó en una moto y me dijo ‘póngase pilas porque lo van a quebrar’”, cuenta con resignación. Su delito, luchar con argumentos contra el proyecto del Oleoducto del Pacífico, que cruzará la montaña causando graves perjuicios ambientales. Raúl dice que estuvo a un paso, incluso, de pedir asilo político porque a esa amenaza se le sumaron también llamadas telefónicas con mensajes como ‘es mejor que mire por su familia’.

Raúl no es el único que ha recibido amenazas. También las han recibido algunos mienbros del pueblo indígena Pijao, a quien Astracatol visitó durante su gira de DDHH. Los Pijao, mayoría en los municipios de Coyaima y Natagaima, han visto reducidos sus territorios ancestrales a un puñado de resguardos repartidos por el departamento, y en su lucha por la defensa del territorio, han pagado el precio con sangre. Ya nada queda de la historia del cacique Calarca, de quien se dice que adoraba el gusto de la carne de los conquistadores españoles.

El Tolima es un territorio clave en Colombia por varios motivos. Primero, es un lugar histórico, pues allí, en el sur, queda Marquetalia, la vereda que alguien denominó en los sesenta ‘república independiente’ y vio nacer a las FARC. En las montañas del Tolima se ha vivido mucha violencia. Pero es clave, sobre todo, por su posición central en el mapa de Colombia y su riqueza en recursos de todo tipo. En el Tolima hay sobre la mesa, por ejemplo, el proyecto de explotación de oro más grande del mundo, en la mina denominada La Colosa.

Por el Tolima, el río Magdalena se hace grande, proyectos de represas y adecuación para hacerlo navegable en el departamento también están sobre la mesa. De las montañas bajan ríos, proyectos de hidroeléctricas amenazan sus cursos. En el llano entre cordilleras, tierra fértil bañada por el gran Magdalena, la sombra del monocultivo amenaza con arrinconar a los Pijao. La lista es interminable.

Y ya sabemos que en la historia moderna de Colombia, los mapas de la violencia se sobreponen con los mapas de los grandes proyectos extractivos, productivos o hidroeléctricos. Los intereses económicos que se concentran en el Tolima, digamos, son demasiado grandes como para tener moscas zumbando al oído del gran capital, como Astracatol, que insisten en defender el territorio y blindarlo para detener el ciclo de violencia y desplazamiento del pequeño campesino.

La Defensoría del Pueblo viene anunciando hace ya un par de años del crecimiento de la actividad de las ahora llamadas bandas criminales, que no son otra cosa que paramilitares. A Raúl no hace falta que se lo digan, porque lo ha experimentado en carne propia.

También lo ha vivido Isidro, uno de los integrantes del equipo de DDHH de Astracatol, quien hace poco más de dos años recibió cinco disparos con una pistola de bajo calibre que, milagrosamente, no le mataron. En su pequeña vereda del municipio de San Antonio, Isidro estaba allí siempre presto a ayudar, a alzar la voz contra las injusticias, a reclamar sin descanso una escuela digna.

Pero en Colombia, parece que siempre hay a quien esa actitud le sobra y, además, está dispuesto a demostrarlo.

Un par de semanas antes de la gira de Astracatol por el sur del Tolima, el vocero del movimiento político Marcha Patriótica en el departamento recibió un correo electrónico que le declaraba objetivo militar. El chico había tenido la osadía de airear públicamente la lucha de poder en la rectoría de la universidad.

Un par de semanas después de la gira, que contó con el acompañamiento de IAP, fueron los propios miembros de Astracatol quienes recibieron amenazas.

Su pecado, en este caso, fue apoyar el proceso de paz y hacerle pedagogía.


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