Lo vivido, parce

Y el tiempo ya pasó, como siempre pasa el tiempo… así, sin avisar, este (casi) año pasado en Colombia ha tocado a su fin.

Dan ganas de revisar los calendarios, parece que alguien me hubiera birlado sin que me diera cuenta, tres o cuatro meses de los once que ha durado mi voluntariado en IAP. Ahora, de nuevo en casa, o en lo que siempre había conocido como casa, las experiencias vividas poco a poco sedimentan, empiezan a formar parte de ese humus de mi propia personalidad.

Mientras tanto, una pregunta ronda mi cabeza; no es otra que la misma que ya me hacía allá por noviembre del año pasado, mientras terminaba mi maleta, preparándome para el mayor cambio de mi vida. Las posibles respuestas, que hace un año eran ilusiones, proyecciones de futuro, se han convertido en  recuerdos.

¿Qué es, qué significa, ser acompañante internacional?

La verdad, durante el año nos hemos pasado la mitad del tiempo explicando lo que hacíamos; ahora frente a los ojos asombrados de la comunidad, en una reunión cualquiera en la vereda más perdida del Catatumbo, ahora delante de un sargento del Ejército Nacional, estrechándole la mano en un camino sin asfaltar en el Meta. Sin embargo, esas pocas frases repetidas ya casi como un mantra –Hola, soy Miguel Sangüesa, de International Action for Peace; una ONG europea de acompañamiento internacional y estamos acompañando a organizaciones campesinas y defensoras de derechos humanos en la zona– no alcanzan a describir todo lo que esta vivencia conlleva.

Porque ser acompañante internacional es muchas cosas.

Ser acompañante internacional es desayunar carne frita muy salada con yuca cocida a las seis de la mañana, hacer la fila al sol para recibir el sancocho del almuerzo un día tras otro, tomar como refrigerio Postobon de manzana con galletas saltinas, y descubrir el lujo que puede suponer comer una simple manzana.

Es compartir con tu compañera durante un mes una carpa en la que apenas caben dos personas, mientras la lluvia amenaza con tirar el frágil cambuche, la construcción de palos y plástico negro, bajo el cual os guarecéis. Dormir en garajes, porches, polideportivos, casas abandonadas y escuelas. Llegar a considerar el suelo de una oficina en Cúcuta como nuestra propia casa.

Es bañarse en el Río de Oro al atardecer, mientras el Sol del Catatumbo arranca reflejos al agua al esconderse, dando por bueno su nombre. Dejar que el agua se lleve el sudor pegajoso de todo un día bajo el calor y la humedad, y sentirse afortunado. Bailar carranga, o intentarlo, en una tiendita de suelo de madera que se ha acondicionado para rematar con una buena rumba una semana de trabajo intenso. Jugar microfútbol en una improvisada cancha de tierra pintada con cal mientras el ritmo de un vallenato anima las gradas. Caminar por la selva siguiendo el rastro de los micos con un guía que conoce el terreno como la palma de la mano, mientras nos explica los árboles y los frutos comestibles, los peligros de las culebras venenosas y la manera en la que el jaguar caza a sus presas. Es saber que accedemos, que nos invitan, a aquellos rincones donde ningún multimillonario llegaría jamás aún con toda su plata.

Es viajar mucho, descansar poco e intentar mantenerse alerta; es aguantar el sueño cuando el compañero cabecea. Sufrir el aire acondicionado de los buses, ver una y otra vez la misma película infame e intentar dormir en los trayectos largos cuando nos desplazamos a terreno.

Es el cansancio acumulado de una semana caminando por el nordeste antioqueño, y el tener que sobreponerse cuando una llamada en una cafetería, ya de regreso a casa, con cuatro simples palabras nos pone un nudo en el estómago y nos indica que habrá que dejar el descanso para más adelante. “Han detenido a Monti.” La necesidad de mantener la cabeza fría en esos momentos.

Ser acompañante internacional es oír historias aterradoras. Sentado en una vieja mesa de madera, con un tinto caliente en las manos, escuchar cómo fue la masacre de la Gabarra. Cómo los paramilitares llamaban, casa por casa, lista de nombres en mano, para disparar sin contemplaciones sobre la persona que tenía la desgracia de aparecer en ella por sus ideas políticas o su trabajo comunitario. Es contener la respiración ante las vivencias de quienes han caminado durante tres días, de noche sin prender ni una luz ni hacer un solo ruido, huyendo de esos mismos paramilitares, mientras desconocían el paradero de sus familiares. Alegrarse de saber que finalmente se reunieron. Conocer la historia de los hermanos y amigos de los muertos en el paro agrario del 2013, y admirar su determinación por seguir reclamando sus derechos.

La  mirada vidriosa de una madre que nos cuenta cómo su hijo pasó a formar parte de esa estadística maldita, de ese atroz número de expedientes sin resolver conocidos como falsos positivos, jóvenes desaparecidos, asesinados y presentados como guerrilleros dados de baja en combate. Comprender que detrás de las lágrimas hay una realidad muy dura y muy injusta. Es tener que explicar que no por ser internacionales tenemos una solución o podemos serle de alguna ayuda, y la impotencia terrible al ver su sonrisa sincera por respuesta “–de todas formas, mijo, muchas gracias por escucharme-.”

Es la satisfacción de sentirse útil. De ver que tantas horas muertas, de espera, de inactividad, tienen sentido cuando conseguimos solventar una situación tensa gracias a la interlocución, cuando comprobamos que nuestra presencia en terreno sí es importante. Es el orgullo infinito de escuchar la palabra compañero al estrechar una mano. Los abrazos de agradecimiento.

Es abrirse, conocer, preocuparse, darse cuenta de que hay realidades muy distintas y no están tan lejos las unas de las otras.

Ahora, cuando el estatus de acompañante internacional ha dejado paso a este otro, al de parcero internacional, no sé si por más que lo he intentado durante un año entero he conseguido dar con una respuesta convincente para la pregunta, para explicar al mundo esta ocupación tan bonita y tan desconocida. Y no, no sé si me he encontrado a mí mismo, o he crecido como persona, o soy más listo, o más guapo, o cualquiera de todas esas cosas que se supone uno busca en un viaje tan largo y tan lejos.

Pero tengo una cosa clara. Todos estos meses, he vivido.


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