Y llegó la Paz… ¿no?

Conocí a William en mi primer acompañamiento recién llegada a Colombia, era un refugio humanitario en Puerto Claver con 600 personas desplazadas y 3 desaparecidas por enfrentamientos entre FARCP-EP y estructuras paramilitares. Él como tesorero de Aheramigua y líder social comunitario, estuvo toda la semana apoyando ante la dantesca situación que estaban (y están) viviendo esas familias.

Le asesinaron dos meses después a tiros a la salida de una tienda en el municipio de El Bagre.

Anoche regresé del que seguramente sea mi último acompañamiento, era en San Vicente del Caguán, municipio que está viviendo una auténtica pesadilla ante el acoso, amenazas, estigmatizaciones y agresiones a líderes sociales a manos del paramilitarismo, recibiendo además por respuesta el silencio por parte de aquellos que tendrían la responsabilidad de proteger y garantizar el derecho a la vida.

Allí asesinaron hace apenas dos semanas a Erley Monroy, carismático y muy querido líder social de ASCAL-G, y en estos días se organizaba un foro por la paz y una masiva movilización de absoluto rechazo a la ofensiva que está viviendo el municipio en los últimos meses. Se denunciaba también el ataque que sufrió su compañero Hugo Cuellar al que dispararon cuando salía del sepelio de Erley, y que se encuentra en cuidados intensivos.

Dos compañeros de IAP estuvieron hace unos días en Nariño en uno de los Cabildos por la Paz organizados por ANZORC, pues bien, Danilo Bolaños salía del acto y a su llegada a casa le dispararon en varias ocasiones, aunque por suerte aún lo puede contar.

No corrieron la misma suerte Didier Losada, Rodrigo Cabrera y otros tantos líderes y lideresas asesinados desde que se firmara el Acuerdo final entre Gobierno y FARC-EP hace apenas tres semanas, hablamos de que vamos casi a muerto por día. Y suma y sigue.

Todo esto sin contar con las amenazas diarias y crecientes a las que se enfrentan a través de panfletos, pintadas, etc… como los que corrieron por Barrancabermeja la semana pasada al más puro estilo Western, poniendo precio a la vida de líderes con los que trabajamos día a día, gente que se deja la piel en esta vaina de la paz de la que tanto se habla.

Cuando estás en el campo colombiano parece que te toca normalizar cosas que NO son normales, como subir en el carro blindado de líderes campesinos que viven con escolta 24 horas al día asignada por la Unidad Nacional de Protección, o ver también el miedo de los que no la tienen y deben seguir justificando las amenazas que reciben a diario para ver si se la conceden de una vez. Te toca saber lo que se puede o no se puede escribir en un email o decir por teléfono, las zonas por las que directamente no se puede ni pasar, o las conversaciones que no se deben tener. Y con todo esto parece que estuviéramos hablando de políticos de alto rango al estilo G8 o algo así, pero no, hablamos de CAMPESINOS, gente humilde que sólo por decir lo que piensa y por el liderazgo que representan en sus comunidades se juegan el pellejo de esta manera.

¿Queremos hablar de paz? ¿Queremos hablar de acuerdos? Hablemos de garantías de seguridad para estas personas que se exponen a diario y que se están jugando la vida por una Colombia distinta, la Colombia que se merecen después de tantísimos años de resistencia pacífica.

Y es que ahora aquí todos hablan de lo que está por venir, de que llega un momento histórico y que toca enfrentarse a muchos retos: Pues el mayor es ese, que esto no se convierta en otro genocidio como el de la UP a finales de los 80, o en una Guatemala o El Salvador como escuché decir a Pedro de Caguán Vive, con el miedo de saber lo que eso significaba, y recordemos además que a día de hoy, Colombia está reconocido como el país donde más defensores de derechos humanos son asesinados anualmente.

Todas estas personas luchaban por algo, y se merecen que este país pueda ser reconstruido con la justicia social que tanto deseaban, y con garantías para ejercer un derecho político básico, el derecho a la LIBERTAD para decir verdades como puños; y en sentido, y entre las 310 páginas de Acuerdo final, tiene mucho que decir el punto 3.4 cuando habla del Programa integral de seguridad y protección para las comunidades y organizaciones en los territorios. Pues eso, ¿no?

Recuerdo las palabras de Julio en el foro por la Paz cuando decía que si ellos van a construir una estructura para la guerra, el movimiento social responderá construyendo una estructura para la paz, y ahí es cuando pienso en Marina.

Marina es la esposa de Erley, la conocí en estos días y pude pasar más de un rato largo con ella, su hija y un viejo amigo de la familia.

A Marina le han asesinado a su compañero de vida hace apenas dos semanas, pero nos deja a todos con los ojos como platos cuando la escuchamos hablar con una serenidad y cordura que poca gente sería capaz de mantener en esa situación. Me quedo sin palabras cuando le escucho decir que ella no tiene la necesidad de saber ni tener delante a quien mató a su marido, porque su preocupación no va por ahí, va por el temor a que todo el trabajo que él realizó se pierda o no se continúe por el miedo que se está sembrando en el municipio, y es muy clara cuando exige a las autoridades que garanticen un territorio de paz para que, entre otras cosas, cese esta fábrica de muertos y se reconozcan los derechos del campesinado.

Tomando un tinto con mi compañero y conmigo nos reconoce que no sabe bien de dónde le está naciendo esa fuerza, y que no está pensando mucho en lo personal, aunque sabe que le llegará y que será duro, pero que ahora toca lo que toca, y es defender el trabajo de Erley, luchar porque no se desquebraje y porque todo lo que hizo continúe adelante.

Ya regresando a Bogotá con mi compañero comentamos semejante fuerza, e incluso nos atrevemos a apostar que si bien siempre se mantuvo al margen, quién sabe si será ella misma la que asuma el relevo para continuar el camino de Erley.

Eso sólo lo dirá el tiempo, lo que sí sabemos es que parece ser que aquellas personas enemigas de la paz no saben que Colombia está llena de Marinas dispuestas y llenas de coraje, y que ya que hablamos del campo, a estas alturas del cuento deberían ya saber que cada muerto enterrado es una semilla más de resistencia.


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