De la lucha del pueblo

Decía Freire que el proceso de alfabetización debe ser un medio para la concientización y liberación del oprimido, y que la práctica de la pedagogía del oprimido en una sociedad donde siempre se ha practicado una pedagogía del opresor, es en esencia un acto de amor revolucionario.

Una que lleva toda la vida estudiando a Freire, los procesos comunitarios, la pedagogía de educación popular, etc. De repente llega a Colombia y comienza a conocer los procesos sociales campesinos, y es ahí cuando todas las piezas de un rompecabezas imaginario empiezan a encajar finalmente; esas teorías tantas veces leídas comienzan a cobrar un sentido propio, y palabras hasta ahora tan maltratadas como empoderamiento, comunidad o dignidad, cobran vida en los rostros con nombres y apellidos de personas que cada día se levantan creyendo en el poder popular, y que toman conciencia de la enorme fuerza que tienen como pueblo en resistencia.

Colombia es un país donde por nacer o ser campesino, te toca vivir en un campo donde no hay médicos, apenas hay vías transitables, no hay en muchos casos agua potable, y donde cómo no, tener una escuelita cercana a tu vereda era y sigue siendo una fortuna al alcance de unos pocos que con suerte, mucha suerte, quizás lograrán estudiar hasta 4º o 5º de primaria antes de comenzar a labrar el campo.

Sin embargo en medio de esa opresión, el campo colombiano también ha gestado durante los últimos 30-40 años de conflicto, un fuerte movimiento social pacífico que representa la resistencia popular, desde la cual son muchas las personas que sin ningún tipo de estudios ni formación específica, se han convertido en verdaderos líderes y lideresas sociales que conforman las organizaciones con las que hoy trabajamos, y que representan un sentido de lo común, de movilización, sensibilización y una capacidad de estrategia comunitaria, que muchos de los que leemos esto no somos ni siquiera capaces de imaginar.

Y es en medio de esa vida con las organizaciones, cuando como acompañantes internacionales tenemos el lujo de poder compartir muchas horas y muchos tintos para que nos cuenten; que nos cuenten sobre sus vidas, sobre sus historias, sus “yo llegué a este proceso después de cuatro desplazamientos”, o “ a mi mujer la mataron los paras porque yo estaba metido en la Junta de acción comunal de mi vereda”.

Es ahí cuando comienzas a darte cuenta de que cada persona aquí es una caja de sorpresas, que cada una tiene una historia de vida a la espalda que ha marcado lo que es hoy y el porqué está aquí en este momento crucial para su Colombia.

En mi retina me quedo con imágenes como las de un campesino, un tipo que estudió hasta 3º de primaria y que se ha pegado media vida raspando mata de coca, estudiándose durante 2 días los acuerdos que se están definiendo en La Habana entre gobierno y FARC-EP, para poder explicar de qué forma les van a afectar esas decisiones a los campesinos de una remota vereda del Catatumbo.

Hablar de personas empoderadas es hablar de dos chicos de apenas 20 años preparándose durante toda una noche en una capilla que nos sirve de refugio para dormir, la estructura y el ideario de la organización Juventud Rebelde; es ver que un campesino que aún lee con dificultad, se convierte en el interlocutor de la organización en la MIA del Catatumbo con el gobierno nacional; es también que te cuenten cómo han tenido que aprender a leer cartografía e interpretar mapas para poder conocer el territorio que defienden y protegen cada día, o cómo desde la propia organización se han dado clases de alfabetización y han aprendido a utilizar un ordenador.

Y yo ante todo esto me pregunto, ¿y esto por qué? ¿de dónde nace ese sentimiento? ¿Cómo se mantiene esa convicción en un país donde defender los derechos humanos te puede llegar a costar la vida?

Se lo pregunto a JC mientras almorzamos, directivo de una organización acompañada, y con una sonrisa me dice que sabe que lo que hacen es lo que deben hacer, que están convencidos que es ahí donde deben estar, y que a pesar de las amenazas, los hostigamientos y las persecuciones, saben que algo deben estar haciendo bien cuando llevan ya más de 10 años haciéndolo, cuando cuentan con personas universitarias y profesionales que se enamoran del proceso y deciden unirse a él, cuando a pesar de la dureza de ese ritmo de vida, son cada vez más los que se suman y menos los que tienen miedo.

¿De qué se trata entonces?

Vuelvo a palabras de Freire cuando decía que “no es en la resignación en la que nos afirmamos, sino en la rebeldía ante las injusticias”, y es que ahora, después de 5 meses aquí comienzo a entender de qué se trata: Se trata de dignidad.


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