Klondike es Carrizal

La fiebre del oro

De siempre las historias y aventuras de los buscadores de oro me parecieron fascinantes. De pequeño fantaseaba con remontar el Yukon en busca de oro y uno de mis autores favoritos, Jack London, me señalaba en sus libros el camino a seguir y qué me encontraría en ese camino: Hombres duros y trabajadores, aldeas que comienzan a crecer tímidamente al principio y que se asientan como ciudades al albur de las vetas de oro, gente de paso, comercios, cantinas e historias de descubrimientos de verdaderas joyas subterráneas.

No me podía imaginar que en la actualidad y en un punto tan lejano y diferente a Alaska las cosas fuesen tan similares en el fondo. Porque la actual minería artesanal en Colombia tiene mucho de aventura, de místico, de peligroso y de amenaza. De repente, una vereda colombiana se convierte en el Klondike del Nordeste de Antioquía en mi imaginario. De golpe, la mística de mis 12 años se torna realidad delante de mí.

Remontemos el Yukon, Iñaki- me dije a mi mismo.

La locomotora minero energética

Colombia, en términos macroeconómicos, es un país al alza con crecimientos económicos increíbles para el momento histórico que vivimos. Un 4,1% en 2013 y una estimación del  4,5% en 2014 según el Banco Mundial[1]. Y en este crecimiento la minería e hidrocarburos constituyen uno de los sectores de mayor relevancia que, no en vano, en 2012 aportaron un 7,7% al crecimiento del PIB colombiano[2].

Según el Gobierno colombiano este sector aporta a la modernización del país ya que, entre 2011 y 2012, aportó casi 64 billones de pesos entre impuestos, regalías y dividendos. Un poco más del doble de lo generado entre 2009 y 2010[3].

A nadie se le escapa que estas cifras son espectaculares, pero la polémica, el problema, no está en los resultados, está en el cómo y en el porqué del modelo extractivo y productivo de este sector que se está siguiendo en Colombia. Porque la gran paradoja de la locomotora es que no genera más bienestar para la población ni mayor redistribución de bienes, ni mejora de servicios para los pobladores en las que se hallan estas explotaciones.

No olvidemos que un tercio de la población, según datos del propio gobierno colombiano, vive por debajo del umbral de la pobreza[4]. Y eso sólo significa que no hay una redistribución de esa riqueza generada.

La verdadera cuestión es que la gran minería, que recibe cobertura del Estado mediante la concesión de títulos de explotación diseñados para estas corporaciones, desplaza y barre del mapa la minería artesanal que trabaja en cierto equilibrio con el entorno, los pobladores y el estilo de vida campesino frente un modelo de explotación en megaproyectos que arrasa y destruye infinitas extensiones de terreno virgen con espectacular biodiversidad en pos de minas a cielo abierto que generan tierra quemada por siglos. Pan para hoy y hambre para mañana.

4,6 gramos

4,6 gramos es la cifra mágica en una mina de oro.

Si la piedra filosofal existiese, tendría que pesar 4,6 gramos. Eso lo entendí en cuanto me acerqué a la primera mina artesanal de extracción de oro y me enseñaron un Castellano. 4,6 gramos es un Castellano y los Castellanos son los que mueven la economía de la minería artesanal en el Nordeste de Antioquia.

Dicen que el alma pesa 21 gramos, pero en esta parte de Colombia la vida se pesa de 4,6 gramos. Para un Ibérico no deja de resultar llamativo que aún lo relacionado con el oro en Colombia esté conectado, aunque sea de modo simbólico y nominal, con la conquista y con lo español porque el Castellano es una medida de peso del oro que se emplea desde el Siglo XV traído por los conquistadores.

Un Castellano de oro en la mano y los pesares del duro trabajo tornan sonrisas. En 4,6 gramos se concentra el trabajo y el esfuerzo de los mineros artesanales, sus miedos, dudas, incertidumbres, escasa seguridad y duras jornadas en algo que cabe en la palma de la mano de un niño.

4,6 gramos. Ni más ni menos.

Rancho Quemado

Tras unos días visitando minas artesanales de tamaño pequeño llegamos a Rancho Quemado. No me quedó más remedio que fantasear, de nuevo, con las imágenes acerca de la conquista del oro que revolotean en mi cabeza. Llamar Rancho Quemado a una mina de oro es puro Far West.

Pero esto es Colombia y, una vez más, el nombre de las cosas tiene un origen mucho más siniestro…Porque Rancho Quemado era una vereda con otro nombre hasta que los paramilitares llegaron a la zona a sangre y fuego, y fuego pegaron a toda la vereda. Rancho Quemado surgió de ahí de un capítulo más de la siniestra historia de las arremetidas paramilitares de los años 90.

Los fenómenos de violencia, paramilitarismo y desarrollo de un modelo económico basado en la generación y acumulación de riqueza por unos pocos a base de sacar a otros de sus propiedades ha sido el denominador común del desarrollo de los grandes sectores económicos en este país.

Generación de grandes latifundios ganaderos o de monocultivo, megaproyectos del tipo que sean, bien mineros, bien hidroeléctricos, unidos a tratados de libre comercio, dejando paso a las grandes trasnacionales que supuestamente han contado con la cobertura de estructuras paramilitares, pasando por encima de los habitantes de esas tierras.

De ahí que la gran pelea en estos momentos reside en certificar los títulos de explotación minera a nombre de los Comités Mineros y dentro del amparo de las Juntas de Acción Comunal y dentro del equilibrio y armonía que cimenta la puesta en marcha de la Zona de Reserva Campesina-ZRC.

Porque ahora, en el Nordeste de Antioquia, está abierto ese plazo y la amenaza de que las grandes trasnacionales entren con megaproyectos es una realidad. Y, en Colombia, megaproyectos y minería conlleva tierra quemada económica y socialmente para las personas que habitan esa tierra, impactos ecológicos de grandísima magnitud, pérdida de la identidad local e imposición de una cultura de extracción y explotación a cielo abierto unido a proyectos de hidroeléctricas que mueven el agua necesaria para la megaexplotación y el transporte de los materiales. En definitiva, la segura destrucción de una zona catalogada como Zona de Reserva Campesina y, por tanto, social, económica y organizativamente equilibrada.

Cianuro made in Corea

La minería artesanal genera riqueza en los entornos en los que se explota la veta de oro pero esta explotación genera, a su vez, una gran pobreza. La pobreza medioambiental y el riesgo para la salud de quienes habitan y trabajan en esos entornos.

El proceso de extracción y tratamiento del oro conlleva el uso de gran cantidad de mercurio, elemento el cuál es arrojado a los cursos de agua con muy poco control una vez empleado. Una bomba para la salud de animales, plantas y, sobre todo, personas. El mercurio es veneno. El mercurio mata. Y, en esas minas, ves ríos de agua con mercurio fluyendo al pie de las poblaciones.

Es en ese ámbito donde las comunidades, de la mano de la Asociación Campesina del Valle del Río Cimatarra-ACVC, están trabajando en un proceso de concienciación, primero, y en un proceso de cambio del modelo productivo artesanal, después, que conlleve una reducción hasta la desaparición del uso del mercurio en este tipo de explotación porque es necesario que así sea y porque a partir de 2019 Colombia va a prohibir el uso de este elemento en la minería extractiva de oro.

Como parte de esta transición hace tiempo que apareció la técnica de la cianuración. Técnica que aprovecha mejor la obtención del oro pero que también genera siniestras piscinas de lodos venenosos.

En las minas del Nordeste de Antioquia que emplean esta técnica, usan cianuro de origen coreano que se acumula en bidones de ininteligibles instrucciones de uso con grandes calaveras y símbolos gigantes de precaución rodeados de letras que nadie puede descifrar en esta parte del mundo. El cianuro es veneno, el cianuro mata.

Ya Nerón en la antigua Roma  empleaba el cianuro para eliminar a sus rivales políticos. Así que la mina que da la vida te amenaza con el cianuro y otros tóxicos. Nadie dijo que ganar dinero con el oro fuese fácil.

Pero ahora se abre la posibilidad de matricular los títulos de explotación minera a favor de los mineros tradicionales y sus comunidades pudiendo asegurar su trabajo y su medio de vida en equilibrio con el entorno y en equilibrio con la Zona de Reserva Campesina. Sin duda, un momento crucial en el que las organizaciones sociales, mineras y Juntas de Acción Comunal deben trabajar conjuntamente para obtener estos títulos de explotación.

Será un placer volver a remontar el Yukon del Nordeste a pie, mula o moto. Pero mi Yukon, al fin y al cabo.


[1] http://www.bancomundial.org/es/country/colombia/overview

[2] http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-13366835

[3] http://www.latarde.com/noticias/risaralda/120335-locomotora-minero-energetica-fundamental-para-la-prosperidad-economica-y-s

[4] ://www.dane.gov.co/files/investigaciones/condiciones_vida/pobreza/pres_pobreza_2013.pdf


Compartir: