Esperanzas y amenazas en la implementación de los acuerdos

Hace veinte años, ni siquiera, hace seis, para muchos era imaginable que una guerrilla con tanta historia como lo es las FARC-EP cambiara las armas por el diálogo. No ha sido un camino fácil. El 2 de octubre de 2016 se llevó a cabo el plebiscito por la paz, donde por medio de votación popular la ciudadanía elegiría si estaba de acuerdo o no con lo pactado en los diálogos de paz con el gobierno. Sorprendentemente, al cierre de la jornada el “No” se impuso, y el país entro una vez más en un estado de bipolaridad; por una parte estaban aquellos que festejaban y por otra estaban aquellas personas (en la mayoría víctimas directas de la violencia) quienes no podían creer que el país eligiera una vez más seguir en el dolor y la barbarie. Fueron momentos difíciles, cuando parecía que el todo trabajo realizado en la mesa de diálogo en la Habana durante 5 años se desmoronaba.

Desde diferentes zonas del país se convocaron multitudinarias marchas, en la que se exigía la refrendación de  los acuerdos. Estas manifestaciones estuvieron lideradas en su mayoría por estudiantes, quienes durante varios días realizaron diferentes actividades pacificas para demostrar su descontento con el resultado del plebiscito y generar una presión tanto al gobierno como a la guerrilla para que continuara el proceso, ¿por qué no hacerlo cuando en la misma Constitución Política de Colombia de 1991 la paz es un derecho fundamental para el buen vivir y desarrollo de cada ciudadano?

El presidente Juan Manuel Santos, junto con el mismo equipo negociador en la Habana, decidió sentarse a dialogar por una parte con los opositores de los acuerdos, y nuevamente con las FARC-EP para llegar a un consenso acerca de las modificaciones que tendría el nuevo acuerdo. Es así como el 24 de noviembre se firma el nuevo acuerdo, el cual contiene los ajustes en cuanto a los comentarios de los líderes del “No”. El acuerdo fue refrendado por el Congreso sin tener ningún voto en contra.

En diciembre del 2017 comienza una nueva etapa, si no la más difícil, si la que requiere todo el acompañamiento y colaboración, no solo de la guerrilla y del gobierno sino de la sociedad civil. Se da inicio a la implementación, donde se pondrá en marcha todo lo que fue acordado en la Habana. Es así como a finales de enero ocurre uno de los acontecimientos más grande para Colombia en los últimos años, un hecho que para muchos colombianos seria un nuevo comienzo acompañado de esperanza y reconciliación. Los diferentes frentes guerrilleros, en carros, mula y lanchas empezaron a trasladarse a las Zonas Veredales Transitorias de Normalización (ZVTN), los puntos de seguridad donde se está haciendo la entrega de armas a la ONU y el inicio a la reincoporación a la vida civil de miles de ex combatientes. Al llegar allí, les esperaba un nuevo contratiempo, más bien un incumplimiento: no estaban construidos los alojamientos, no había una buena infraestructura en salud, servicios básicos ni los espacios de formación donde los guerrilleros recibirían pedagogía acerca de todo lo acordado en los diálogos de paz y lo que vendría de ahora en adelante. Son los mismos guerrilleros quienes están construyendo sus propios refugios con materiales que el gobierno les ha brindado.

Desde la firma de los acuerdos hasta ahora, en el país se han creado diversas comisiones y actos legislativos, que apoyen y refuercen el acuerdo para que todo salga como las dos partes llegaron a acordar. Aún así, no es un momento fácil para Colombia, todo lo contrario. Cada día hay un homicidio, amenaza o atentado contra algún defensor de derechos humanos o líder social y se tiene claro quienes son los responsables: aquellos que durante años han querido perpetuar la guerra en el país, para quienes es rentable el negocio de la guerra, aquellos que más daño le han hecho al país. Aún en medio de la oscuridad, alumbra un rayo de luz por medio de los jóvenes (organizados o no organizados), son ellos quienes se han puesto al frente de este acuerdo, tal vez porque son ellos los que han crecido en medio de la violencia y quieren hacer que sus abuelos y padres tengan la posibilidad de ver un país en paz. Son los jóvenes quienes han llevado a los grandes claustros del país, a que tanto guerrilleros como representantes del gobierno se sienten a dialogar y discutir lo que ahora viene para Colombia.

Y es que el panorama no es que sea muy alentador: por una parte, grupos paramilitares que se están extendiendo y fortaleciendo en varias regiones, donde la guerrilla antes tenía mayor presencia, atemorizando a los pobladores, sembrando miedo y quitando las tierras a los campesinos que durante tanto tiempo les ha costado trabajarlas y mantenerlas. Por otra parte en el 2018 vienen las elecciones presidenciales, y hay sectores de la derecha que afirman que si llegan a ganar los acuerdos de paz se caerían. Aun hay personas que no aceptan que los guerrilleros puedan trasladarse a la vida civil. No es que hayan cambiado su ideología ni mucho menos, solo que ahora sus ideas y opciones serán escuchadas a través de un partido político, y eso quizá les da más miedo.

No es fácil pensar que, día a día, aquellos defensores y líderes que dedican su vida a proteger la paz, están siendo asesinados en medio de la impunidad. Pero tampoco nos podemos ahogar en la melancolía, ya que eso es precisamente lo que los señores de la guerra buscan. Hay que coger impulso para seguir trabajando por lo que muchas personas han luchado durante años, que es el tener un nuevo país, un país que tenga la capacidad de negociar y discernir en pensamientos diferentes pero siempre mediante el respeto y la tolerancia.

Artículo escrito por la politóloga y defensora de derechos humanos Paula Gaona, perteneciente a la Fundación DHOC. Publicado originalmente en la revista “Paraules per la Pau”, editada por la Coordinadora Tarragona Patrimoni de la Pau.


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