Descubriendo Puerto Matilde

Hay algo de místico en torno a Puerto Matilde.

Posiblemente Puerto Matilde es de esos lugares especiales que podrían haber inspirado el realismo mágico de García Márquez. Por eso, no me costaría imaginarme a la familia Buendía por las calles de Puerto Matilde como si de un Macondo fluvial se tratase.

Cualquier persona que trabaja en el ámbito de las asociaciones campesinas sabe que es un lugar especial. Te dicen que es una experiencia única, que es un experimento real de aldea comunitaria, que es un modelo a seguir, pero tampoco sabes muy bien a qué se refieren.

Uno había oído hablar de la bufalera como proyecto singular, le contaron que es la joya de la corona de la Asociación Campesina del Valle del Río Cimitarra-ACVC y eso conlleva que es algo, al menos, pionero y diferente.

Desde el desconocimiento previo lo de las bufaleras te suena a moda. Un ignorante en estos ámbitos como yo cree que ahora se pone plata en búfalos como antes se ponía en otras cosas. Y entonces uno se pregunta ¿qué tiene de especial una bufalera?

Mi experiencia anterior con proyectos de inversión de la cooperación internacional no fue muy positiva. Hace unos años, recorriendo Nicaragua con un par de nicas, me decían que todo era una pena porque estaba lleno de “chatarra solidaria”. Proyectos nacidos a la luz de una financiación puntual que luego no tenían continuidad, generando espacios abandonados y un despilfarro. Maquinaria fantasma que, a veces, ni llegó a ponerse en marcha.

Sin embargo, cuando llegas a Puerto Matilde de la mano de la misma presidenta de la ACVC que es quien te guía, te cuenta, te explica y te hace entender, te das cuenta que la bufalera, en sí misma, no es diferente ni mejor a otras. La bondad reside en el modelo de gestión social, cooperativo y solidario con el que se ha conformado esa bufalera. Y, como la bufalera, el resto de proyectos productivos basados en el cooperativismo, la equidad y la solidaridad entre propietarios donde el fin último no es el lucro individual sino el desarrollo de unos mínimos de bienestar comunitarios .

Así lo pudimos entender la representante de la organización belga INTAL, muy interesados en conocer la tarea y el trabajo de IAP, por un lado, y de las Asociaciones Campesinas por otro, y yo mismo.

Puerto Matilde tiene algo de místico porque es un proyecto real de aldea comunitaria en el que se integran proyectos de vivienda, proyectos productivos (como la bufalera, la pequeña fábrica de panela, la panadería o la producción de yogurts por parte de las mujeres) con otros proyectos de desarrollo comunitario, sanitario o de educación, conformando un estilo de vida. En ningún momento percibes que es un sumatorio de proyectos, sino que es un todo en un modelo de vida que es posible.

Y aunque llovió constantemente, el carro se deslizaba por el barro como si de hielo se tratase y tocase caminar por zona pantanosa, el poder compartir tiempo y charla con Doña Irene, Don Gilberto y Don Carlos fue una estupenda recompensa a una jornada en la que desde IAP queríamos mostrar a otra entidad amiga cómo es nuestro trabajo de acompañantes y, a la vez, mostrar la realidad de las actividades de una asociación campesina.

Aún tengo que descubrir qué es exactamente lo que hace que Puerto Matilde tenga esa mística, pero sé que la tiene y, por eso, habrá que intentar volver a un lugar tan interesante y tan acogedor.


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