Catatumbo resiste: la fuerza de la organización social

Es mi cuarto acompañamiento en la región del Catatumbo y nunca deja de sorprenderme. Y es que en cada visita descubro algo nuevo sobre esta región. Ubicada en el noreste del Norte de Santander y limitando con la vecina Venezuela, es uno de los lugares que más visitamos las componentes de IAP.

“Verás unas tormentas donde el cielo se ilumina entero, es la tierra del rayo”, “aquí caen cientos de relámpagos seguidos, tenemos un récord” me comentaban catatumberos mientras miraba embelesada como el cielo descargaba litros de agua en unos minutos.

Eran mis primeros acompañamientos en la zona y viniendo de una parte de España donde casi nunca llueve (clima Mediterráneo desértico, lo llaman), me maravillaba ver el poder de las nubes trabajando; imponentes relámpagos y ensordecedores truenos dando paso al agua. Una maquinaria natural en perfecto funcionamiento.

Aparte de las intensas lluvias, su exuberante naturaleza y las sinuosas montañas, hay algo que hace que esta región sea diferente: su gente. Así, contrasta la idiosincrasia serena, valiente y dura con el azote de la violencia que ha marcado a las comunidades desde todos los frentes. Desde la guerrilla (todos los grupos armados han estado presentes en esta zona) hasta el paramilitarismo, el narcotráfico o los enfrentamientos con las fuerzas públicas.

Es habitual que en las conversaciones con las organizaciones campesinas acompañadas salga el tema del paro del 2013. Aquellos sucesos marcaron un antes y un después en este territorio. Fue una de las protestas más multitudinarias, donde los campesinos y campesinas exigían el cumplimiento de un plan de desarrollo alternativo propuesto por las mismas comunidades: creación de una Zona de Reserva Campesina y suspensión de la erradicación de cultivos ilícitos en la zona, entre otras demandas.

El descontento con las políticas agrarias llevó a 17.000 jornaleros a las calles durante 53 días. Los enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas públicas se cobraron la vida de 4 campesinos. Las consecuencias de aquellos acontecimientos produjeron heridas que aún hoy no se han cerrado. Así como la controversia sobre la sustitución de cultivos de uso ilícito, asunto al que el Gobierno sigue sin darle una solución efectiva, y que, probablemente, se convertirá en un problema cíclico.

No era la primera vez que se realizaba una huelga por estas razones ya que el paro de 1998 también tenía como eje central el conflicto de los cultivos de coca. Este tipo de cultivo supone la única fuente de ingresos económicos para algunas familias en una región olvidada, donde el Estado tiene presencia militar pero el Estado social apenas llega. De hecho, una de las demandas que exigían es mayor compromiso e inversión por parte del Estado en la zona y un programa de apoyo para la sustitución de cultivos. La mayoría del campesinado apuesta por la sustitución de manera voluntaria, gradual, evitando la confrontación que supone una erradicación forzada. Después de unas largas negociaciones se llegaron a unos acuerdos que no lograron materializarse. En esos tiempos las organizaciones sociales estaban presentes pero tal vez no tan organizadas como ahora. La presencia de paramilitares aumentó dando paso a una época de persecución, desaparición, de dirigentes y líderes sociales además de desplazamientos masivos causados por la violencia. Las reivindicaciones sobre la sustitución de cultivos quedaron enterradas bajo el miedo.

Ambos sucesos, con 15 años de diferencia, comparten el mismo origen. Hasta que no haya un acuerdo que beneficie a las campesinas y campesinos y el Gobierno se comprometa a cumplir lo acordado, las manifestaciones serán recurrentes. Y es que no se trata de un paro cualquiera. Es un paro en el Catatumbo, región referente de la movilización social en Colombia por su rápida capacidad organizativa, por la eficiencia de sus acciones reivindicativas, por su gran poder de convocatoria, y por el compromiso de sus habitantes; disciplinados, motivados y con un fuerte sentido de pertenencia a la comunidad. “Si se meten con una vereda, se meten con todas” es actualmente un lema muy repetido por aquí.

En estos días, la amenaza de paro ha vuelto a surgir entre el campesinado. El Gobierno ha enviado erradicadores de cultivos ilícitos a la zona. De nuevo el viejo problema. Esta vez, contradiciendo a los acuerdos de la Habana. Poco tiempo ha faltado para que esa máquina en perfecto funcionamiento vuelva a ponerse en marcha. Y esta vez no hablo de esas tormentas o aguaceros que siempre me sorprenden en el Catatumbo. Me refiero a una fuerza aún mayor. A esa que puede ser más poderosa y abrumadora que cualquier fenómeno natural: las organizaciones sociales.

Lluvia en el Catatumbo

Lluvia en el Catatumbo

Nota: A los pocos días de ser escrito este artículo, los erradicadores que el gobierno había enviado al municipio catatumbero de Sardinata, acompañados por ejército y el ESMAD (unidad antidisturbios de la policía), tuvieron que retirase ante la presión de los campesinos y campesinas. 4 campesinos fueron heridos en las protestas.

 

 


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