Armando el rompecabezas

El tiempo pasa volando.

Ya casi llevo tres meses aquí en Colombia y aún recuerdo a Eli, amiga y antigua voluntaria y coordinadora de IAP, contándome, en las míticas escaleras de la Plaza Virreina, su gran experiencia vital como acompañante internacional. Y así fue como, poco a poco, se me fueron gestando las ganas de conocer Colombia y de realizar esta labor que veía tan necesaria y útil y que me atraía tanto. Sobre todo porque nosotros no íbamos allí a intervenir de forma directa, como la mayoría de ONG, sino que acompañábamos a organizaciones sin hacer ningún tipo de injerencia, “simplemente” para facilitar que pudieran desarrollar con tranquilidad el trabajo social, político y organizativo que andan realizando y que saben hacer muy bien.

Pongo entre comillas simplemente porque como he ido aprendiendo aquí, y me han hecho saber las organizaciones, nuestro trabajo para ellas significa un inmenso respaldo. Tranquilidad y garantías para que puedan realizar su trabajo. Si no, dicen, este sería mucho más complicado.

Desgraciadamente viven con constantes amenazas a pesar de que todo su trabajo vaya encaminado a la lucha por la paz con justicia social. Es curioso y a la vez nada sorprendente que quien está luchando, creando y organizando espacios y mecanismos encaminados a la paz, a la defensa de los derechos humanos, a modelos más justos a nivel económico, sea quien recibe más amenazas, hostigamientos, señalamientos, estigmatización, asesinatos…

Recuerdo que Eli me decía que para entender verdaderamente el funcionamiento de Colombia, el conflicto, el trabajo de las organizaciones y tu tarea como acompañante, necesitas unos meses de adaptación. Por eso la necesidad de que el voluntariado sea de un año, yo no lo acababa de comprender y ahora que estoy aquí lo entiendo, el entramado es complejo.

Llevo tres meses muy intensos, conociendo un poquito de esto y un poquito de aquello. Ya he podido conocer a todas las organizaciones a las que acompañamos (DHOC, ASTRACATOL, ACVC y ASCAMCAT), he caminado por la selva para llegar a las veredas (ya que muchas veces no hay otra forma de entrar), he agarrado una avioneta de 6 pasajeros, he montado a caballo, he comido mucha yuca, arroz, plátano frito, arepas, pescado frito o sudao, carne hecha de mil maneras, recién matada delante de mí y bien fresquita…

También he compartido muchas horas con la gente de las organizaciones; gente que ha estado detenida, encarcelada, en orden de busca y captura, gente desplazada forzosamente por el conflicto, sus relatos, su pasión y compromiso y sus ganas de seguir luchando. He visto como gente que no sabe ni leer y escribir está muy concienciada política y socialmente. He estado presente en diferentes talleres; sobre la socialización de los acuerdos de la Habana, de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario o de desaparición forzada, documentación de casos y reconstrucción de la memoria desde las víctimas. He acompañado a 40 adolescentes en la preparación de una obra de teatro para el aniversario de la masacre de La Carbonera en 1999, cometida por los paramilitares. He olido la esperanza pero también el miedo, he percibido esa “calma aparente” pero también la violencia que se ejerce contra las organizaciones y el campesinado.

Empiezo a encajar todas las piezas, y poco a poco se van ordenando y dimensionando en mi mente. Voy comprendiendo este complejo y desconocido escenario y esta realidad tan diferente a la mía. Empiezo a entender el origen del conflicto armado, la lucha social y las ganas de paz.

En Colombia hay una brecha entre la zona urbana y la rural, siendo la primera muchas veces indiferente a la segunda, hay mucha tierra en manos de pocos y mucho campesino inmerso en la pobreza sin oportunidades de vender lo que cultiva. A esto se añade que al vivir en zonas de gran interés económico por los recursos naturales, entran las empresas multinacionales a explotar los recursos, dañando el medio ambiente y reduciendo las oportunidades de subsistencia para el campesinado, el cual es víctima del desplazamiento forzado.

En las zonas en las que trabajan las organizaciones acompañadas el abandono estatal es brutal, no hay carreteras, centros de salud, las escuelas son escasas y el funcionamiento de estas deja mucho que desear.

Son zonas donde el gobierno solo ha estado y está presente a través de la fuerza pública.

Ahora viene un gran reto: la paz y el cumplimiento de los acuerdos de La Habana. Esperemos que estos vengan con cambios estructurales reales y justicia social. De momento, en el ambiente se respira una mezcla de escepticismo y esperanza… veremos qué pasa.

Bueno, todavía me quedan muchos meses por delante, muchas vivencias y aprendizaje, así que quedan muchas historias por contar. Me siento afortunada de poder hacerlo, me siento útil y me siento viva y eso para mí es el mayor regalo posible.

Gracias Eli y gracias IAP.


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