Aprendiendo

La lluvia cae fuerte, mordiendo las paredes de la pequeña iglesia católica donde el obispo oficia el sacramento de la confirmación. Dos de los participantes, muy jóvenes, visten botas militares y uniformes de camuflaje con su correspondiente identificación. Cerca del altar, se distingue la imponente figura del coronel, quien cumple con su labor de padrino de los muchachos. En la puerta, tres soldados armados ejercen como operativo de seguridad, mientras uno de ellos inmortaliza el evento, sujetando la cámara réflex con la mano que le deja libre el fusil. Es mi primera semana en Colombia, mi primer acompañamiento.

Muy pocos días en un país desconocido han bastado para dejar hecha añicos mi zona de confort. Ese pequeño reducto de calles, personas y costumbres donde uno se siente a gusto queda ya tan lejos que parece imposible que alguna vez me haya paseado por Madrid, completamente ajeno a la complicada situación colombiana. Durante el largo viaje hacia la pequeña población de La Uribe, en el Meta, las expectativas sobre lo que va a significar esta primera salida no dejan de cambiar y transformarse. He escuchado historias, por supuesto; estudiado el contexto del país, leído mucho y escrito sobre un conflicto que no he llegado a comprender, y otros voluntarios han compartido sus experiencias conmigo. La información es mucha, y mi cabeza funciona sin parar. La radio anuncia la suspensión de los diálogos de la Habana. El presidente de la organización acompañada, DHOC (Derechos Humanos en el Oriente Colombiano) nos habla de un joven de 23 años, malherido. Nos cuenta que ha sido alcanzado por balas del ejército pocos días antes, en el cercano municipio de Puerto Rico-Meta. Carreteras pedregosas a medio asfaltar. Primer retén militar muy poco antes de llegar al destino, que mi compañera solventa mucho más fácilmente de lo que yo imaginaba. Y, por fin, el coche se detiene. Llegamos a nuestro destino.

En un polideportivo unas doscientas personas escuchan atentas a un orador, regalando palabras por todos conocidas y quizá por pocos comprendidas allá de donde vengo. Derechos Humanos, justicia, medio ambiente, paz. Varias pancartas secundan estas ideas. Las sillas de plástico y el viejo equipo de sonido le dan un aire festivo, casi como una verbena popular. Esta imagen se refuerza con un enorme cartel del ayuntamiento, anunciando el festival por la paz que se celebrará en el pueblo pocos días después. Pero las calles están repletas de soldados armados, paseando entre la gente o apostados en las esquinas de la plaza. En los días siguientes, un campesino me definió la situación como “calma tensa”. Paz, medio ambiente, justicia, Derechos Humanos. Tienen aquí una dimensión totalmente diferente, aun con un mismo significado.

Pasan las horas, empiezo a entender un poco mi papel en la zona. En el fondo, se limita a hacer algo tan sencillo y a la vez tan difícil como escuchar. Escuchar a los campesinos, a los desplazados, a los hostigados, a los defensores de derechos humanos. Escuchar esas historias que a uno le encogen el corazón, contadas con una sonrisa en los labios y un velo vidrioso en los ojos. Con la mirada fija en un punto lejano, sabiendo que aunque quizá no quieran recordar es necesario hacerlo. Escuchar las inquietudes por la situación de seguridad en la zona, la determinación de seguir reclamando, de demostrar que sólo son personas intentando organizarse de forma noviolenta para decidir sobre sus propias vidas.

En los tres días que estuvimos por La Uribe y La Julia tuvimos más trabajo de lo que se espera para una primera experiencia de este tipo. Reunión con el mando militar de la zona, verificación de la situación de una estación de policía militarizada a escasos metros de un colegio, varias interlocuciones, viajes en moto bajo lluvias torrenciales. Además de toda la tarea de presentación de IAP y nuestras funciones a las asociaciones y campesinos de una zona donde desde hace algún tiempo no hemos estado tan presentes como nos gustaría. Ahora, una vez en el apartamento, mientras escribo estas líneas, tengo que confesar que, tras todas estas vivencias, mis expectativas sobre esta labor siguen cambiando, transformándose, mi cabeza sigue dando vueltas, intentando comprender una realidad y una forma de entender la vida a la que nunca había ni pensado en acercarme hasta hace pocos meses. Pero algo he sacado en claro. Espero con ganas la siguiente salida.

Mientras volvíamos a Barranca escuché una noticia que me dejó helado. El chico herido en Puerto Rico había muerto. Un nuevo caso de falso positivo, según DHOC. Un nuevo motivo para seguir aquí, acompañando, una razón más para poner todo mi empeño en aprender.


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