Antes del viaje

Leí el correo poco antes de la hora de comer. IAP. “Por favor, llámanos cuando puedas, tenemos una propuesta que hacerte”.

Después de los largos meses de formación, de esfuerzo, trabajo, ilusión y aprendizaje sobre Colombia; de pensarlo una y otra vez, de hablarlo, de darle vueltas; y del motivador fin de semana presencial en Barcelona donde conocí a las que van podían ser mis compañeras en esta experiencia, se podría pensar que en cuanto conocí la noticia, mi grito de alegría se escuchó desde Barranca. Yo, por lo menos, pensaba que sería así.

Pues, lo que son las cosas, no fue así.

Para ser sincero, la noticia me pilló totalmente descolocado. Tras hablar con la organización, pensaba que me quedaban unos cuantos meses, bastantes, hasta la incorporación en terreno. Empezaba a hacer mis planes en Madrid. Esa misma mañana había firmado un contrato para un trabajo que me dejaba tiempo para realizar un reportaje en el que llevaba tiempo pensando. Y quiso la casualidad que, cuando encendí el ordenador, sólo unos segundos antes de conocer cómo voy a vivir durante el próximo año de mi vida, fuese para buscar las entradas del concierto al que iba a ir con la persona más estupenda que he conocido en mucho tiempo. La verdad es que pensé: pero… ¿ahora?

Sin embargo, esa misma noche, ya sabía que me iba a ir. De hecho, lo sabía desde el primer momento, aunque no quisiera reconocérmelo. Sabía que esa noticia llegaba precisamente en el momento más oportuno, para que no olvidase ni un momento qué es realmente lo importante. Para ser plenamente consciente de que escogía realizar la labor de acompañamiento internacional en Colombia no por ser el camino más fácil, sino por ser el mejor posible.

Muchas compañeras y compañeros han contado ya muy bien sus razones personales para viajar con IAP a Colombia “parando” sus vidas durante un año (aunque yo lo veo más como un salto de gigante que como un stop). Entre otras cosas, hablan de la oportunidad de conocer la realidad económica y social de un país en concreto y su repercusión en el mundo, del aprendizaje de formas diferentes de organización política, de la necesidad del trabajo a realizar, del profundo convencimiento de la importancia del respeto a los derechos humanos… Por supuesto comparto y suscribo al cien por cien todas estas razones. Sin embargo, siempre que me preguntan las mías, y me preguntan mucho, sólo se me ocurre una respuesta.

No encuentro, por más que la busco, ni una razón lo suficientemente buena para quedarme.

Hay muchas cosas que me podrían atar aquí, desde luego; muchas comodidades, muchas personas a las que quiero y sin las cuales no me imagino la vida, y también mucho trabajo que es necesario hacer por la gente que me rodea. Pero sé que tengo el enorme privilegio de poder realizar una labor en la que muy poca gente decide involucrarse; y que esa labor, más allá de la repercusión que pueda tener tanto en la zona como en mí personalmente (que espero será muy importante en ambos casos) es el siguiente paso natural en mi camino en la vida. Todo lo que he visto, escuchado, aprendido, luchado, debatido, imaginado, soñado, odiado y amado hasta ahora me ha empujado hasta esta puerta, y sería para mí inimaginable no dar el paso.

Mi forma de ver el mundo a nivel social, político y económico; y también mi manera de relacionarme, de ver al otro, y mi concepción de la vida y las personas hacen que, cada día más, me sienta impaciente por respirar el aire cálido de Barrancabermeja y sentir el olor a petróleo que allí todo lo impregna. Aunque a la vez sienta la opresión en el pecho al pensar que un año es mucho tiempo, y la vida aquí no se para.

Pero, como se suele decir, “Lo mejor ni ha pasado ni está por pasar. Está pasando”.


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