Un año

ecuerdo perfectamente cuando el Atlético de Madrid bajó a Segunda División.

Por aquel entonces, año 2000, el Club de fútbol impulsó una campaña de comunicación a la que llamaron “Un añito en el infierno”. Creo que eso mismo pensaron mis padres cuando, por febrero del año pasado, les dije que venía como cooperante a Colombia.

Mi padre es un tipo aparentemente serio, distante al principio pero derrocha buen humor y buena onda cuando se le conoce y tiene ese humor ácido que tanto gusta en mi casa. Pues bien estábamos comiendo tranquilamente los habituales cuando solté un inquietante: “Tengo algo que contaros” y como conozco bien a mis más cercanos rápidamente hice la primera evaluación de “daños”.

Mi hermano alzó los ojos, me miró y sonrío. Mi madre, que me conoce como si me hubiera parido, dijo algo así que a ver con qué iba a salir ahora porque conmigo todo son sorpresas pero mi padre calló. Me miró y no dijo nada. Quedó a la espera.

Y como el gen navarro es el predominante en mi casa fui directo al grano, sin anestesia: “En abril me marcho un año para Colombia para trabajar en Acompañamiento Internacional que básicamente consiste en esto, esto y esto”. Tocaba una segunda evaluación de daños, sin duda.

Mi hermano, que seguía mirándome, sonrío más aún. Mi madre, que me conoce como si me hubiera parido, exclamó una de sus frases favoritas para momentos críticos: ¡Bendito sea Dios!. Mi padre soltó el tenedor me miró por encima de las gafas y pregunto: ¿No podías haber elegido otro país?.

Y es que la imagen de Colombia en muchos lugares no es buena, en realidad es muy mala. En España, Colombia suena a narcotráfico, a sicariato, a prostitución y a guerrilla. Con sus matices, pero es así a trazo grueso. Así que es comprensible que ningún padre quiera que su hijo vaya hacia un lugar así y es lógico que uno tenga sus reservas y prudencias previas. Miedo no, porque si no te quedas en tu casa.

Era el 24 de abril de 2014 y aterrizaba en Bogotá con los pedazos de mi vida que cupieron en dos mochilas, a medio gas emocionalmente, con la sensación de lanzarme al vacio sin red pero con una ilusión y unas ganas que no habrían cabido en la bodega del avión.

Y allí me estaban esperando quienes serían mis compañeras, primero, amigas, después Eli y Eva y que tanto me ayudaron en aterrizar en aprender este oficio, en introducirme en las organizaciones acompañadas, en presentarme a personas, en todo… Más tarde se marchó Eva y llegaron Ana, Natalia, Miguel y Paula. Después se marchó Eli y este es el Dream Team que estamos ahora.

¿Mi balance de este año? Que me quedo otro, al menos otro. Eso es que el balance es muy bueno ¿no?

Un año que ha pasado volando, que ha sido más que interesante, con un trabajo tan bonito como intenso emocionalmente, en el que no he dejado de aprender, en el que he conocido a gente maravillosa que se va a quedar conmigo para siempre esté donde esté.

El trabajo de acompañamiento internacional con IAP es una puerta de entrada increíble a conocer la realidad de Colombia desde dentro, desde las entrañas, desde el contacto directo con las personas acompañadas generando vínculos directos y que perdurarán aunque uno se marche y llegue otro voluntario. Hay situaciones de tal intensidad humana que generan vértigo y eso conforma vínculos auténticos. Y a mí me va la marcha, que le vamos a hacer…

¿Queremos cifras? Aquí van algunas que he ido registrando a lo largo de este año.

He pasado más de 730 horas viajando en bus, buseta, moto, mula o canoa y ni sé las que caminé… y eso significa que de doce meses uno lo pase viajando y de todas esas horas, 25 noches las hice viajando y durmiendo en transporte. He dormido 171 noches fuera de casa que es un 47% de las noches que he pasado en Colombia. Un no parar.

También he perdido 15 kilos, mi barba tiene más canas que antes, los zancudos me adoran pero mi contenedor de felicidad se me ha quedado pequeño. Aquí me quedo.


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